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Visión Retrospectiva

A lo que podemos juzgar después de haber leído el dirío de la Madre de San José correspondiente al año de 1934, éste fue uno de los más fecundos en su vida espiritual, y el que marcó el principio decisivo de esa obra de perfección que culminó con su piadosa muerte.

No dejaremos de hacer notar cómo después de haber anotado puntualmente día tras día, durante todo el año, al­guna reflexión evangélica, una frase en la cual condensaba seguramente toda su meditación, un consuelo sensible, o una pena interior, un grito de ese amor divino en el cual quiso cifrar toda su vida, en la forma más inesperada interrumpe esto el 16 de diciembre.

Conviene decir desde luego que un diario no es esencial ni mucho menos’ en la obra de la santificación personal; muchos grandes santos no han escrito una sola línea a pro­pósito de las sublimes experiencias, de los deleites o penas espirituales pasadas en la contemplación divina, y ello no mengua en lo más mínimo la grandeza de su santidad.

Con todo, para quien quiere conocer la hermosura de una alma consagrada a Dios, no podrá haber espejo más fiel que la refleje que su propio diario en el cual cada día nos ha dejado un rasgo de esa belleza de su alma; algún día se­rá un filo luminoso de exquisita transparencia, al día siguiente podrá ser una sombra opaca en la mitad de aquel oasis, de luz; pero este juego de luces y de sombras, -más luces que sombras- no será sino una confirmación de ese humanismo de la santidad, a la vez que formará un todo excepcional como en los cuadros del Greco en donde cada luz precisa apoyarse en una sombra.

Por eso, tras de haber visto esta interesante etapa en la vida de la Madre de San José, podemos coger a la ligera algunas de las dotes características de su anhelo de santidad. Después encontraremos anotaciones sueltas, ya relacionadas con sus retiros o Ejercicios espirituales, o ya con los conse­jos y orientaciones de su Director Espiritual, quien seguramente le indicó que abandonara la idea de su diario espiritual.

La vida de los santos, no es en sí misma sino la vida sobrenatural, y ésta no consiste en otra cosa que en vivir la vi­da de Dios. En los escritos de la Madre palpita este anhelo ardiente de fundirse en el Ser Divino, de asimilarse plena­mente a El, de despojarse de su yo personal para ser una sola cosa en El.

Pero como Dios es amor, según la intuición teológica de San Juan, esa unión con Dios sólo podrá alcanzarse en el amor. Si decimos que estamos hechos a imagen y seme­janza de Dios, en el amor está nuestra verdadera identidad, la abnegación es nuestro verdadero yo; el amor es el verda­dero carácter de los santos; Amor es el nombre de los, san­tos. Reléase con este afán el diario de la Madre de San José y se encontrarán hermosas demostraciones de aquella “ley de amor” que desgarró su alma.

Y entendió de tal modo esta asimilación por el amor, que una y otra vez en fechas diferentes habla de no hacer nada, nada pensar, nada decir, nada conocer, nada desear, sino es puramente por el amor de Dios en quien no encuentra sosiego, ni descanso, ni satisfacción ni gozo.

Pero luego, como escribe Thomas Merton en Semillas de Contemplación, “Dios es un Fuego devorador. Mientras rehusemos a Su amor el poder de consumirnos enteramente y unirnos en El, el oro que hay en nosotros, quedará oculto por la roca y el barro que nos mantienen opuestos uno a otro”.

Entonces, esa entrega amorosa de nuestra biografiada, significó el refinamiento de su naturaleza, de la cual  fue separando el oro, de la escoria de toda egoísta humanidad, para fundirla en el Ser divino. Así encontramos frases como ésta: “Poseyendo a Jesús, ya nada quiero; siento que le po­seo, que es mi bien, mi propiedad, ¡mi todo!… y pienso en sólo amarlo, amarlo con locura, con pasión, de modo que mi corazón quede limpio de todo otro afecto, y viva bajo un solo y único ideal: AMARLE”.

Mas, así como el fuego alumbra quemando, la llama de amor divino trae consigo el sufrimiento más o menos intenso del alma que, puesta en la hoguera de caridad, será regalada con tantas mayores penas’ físicas, circunstanciales o interio­res, cuanto más alto sea el grado de pureza espiritual a que Dios la hubiere llamado.

Ya hemos mencionado los secreto sufrimientos que la Madre de San José tuvo que padecer ante el ataque sistemá­tico derivado de la incomprensión de la comunidad en donde pasó sus primeros años de religiosa, pero luego, no hemos podido menos que sorprendemos del alto sentido que dio a estos sufrimientos, al encontrar su diario salpicado de hermosos pensamientos de resignación y amor divino en medio de todas las contrariedades.

Todo eso sólo podrá explicarse mediante aquello de Thomas Merton, para quien. “mientras permanezcamos en la tierra, el amor que nos une, nos traerá sufrimientos por nuestros mismo contacto recíproco, porque este amor es el reajuste de un Cuerpo de huesos rotos. Ni los santos pueden vivir con santos en esta tierra, sin alguna angustia, sin algún dolor ante las diferencias que ocurren entre ellos”.

Y así no nos sorprenderá, antes nos edificará la actitud de la Madre quien, ante las ofensas inferidas y henchida de ese amor que es fuego purificador y llama transformadora, vuelca en caridad fraterna aquellos dolores. “Todo pasa…. -escribe en agosto de 1934- ¿y qué tanto es que sufra yo algo con tal que otras no sufran por mi causa? Jesús, concededme no quejarme de mis pequeños contratiempos y no tomes en cuenta lo que se me haga y por lo cual yo tenga que sufrir, sino ve mi voluntad de padecer, con tal de que otras no padezcan”.

Otro de los signos de la vida espiritual de la Madre de San José, es el anhelo de purificación por la humildad. No hay día siquiera en que no hable de esa lucha encarnizada contra sí misma, y una y otra vez dirá que “hacer morir mi propia vida, será una como garantía para lograr la Vida de Dios en mí”.

Y es que la identificación plena con Dios, meta de toda santidad, sólo ha de alcanzarse por el desprecio de sí mismo. “Los santos de Dios y todos los piadosos amigos de Cristo, no hicieron cuenta de lo que agradaba a la carne, ni de lo que florecía en esta vida temporal; -dice el Kempis- ­mas toda su esperanza e íntención se dírigía a los bíenes eter­nos.”

Síglos después, otro Tomás, el célebre contemplativo de nuestros días, Thomas Merton, habrá de advertir: “El que no se halle despojado, pobre y desnudo dentro de su pobre alma, tenderá inconscientemente a hacer las obras que debe hacer por amor suyo, más que por la gloria de Dios-.”

Y Cristo, maestro por excelencia de la vida espirítual, de una sola pincelada nos deja la única regla de santidad:

“Niégate a ti mismo”; todo lo demás que se diga, todo lo demás que se aconseje, no será ya sino explanación de esas dos palabras divinas.

Bien lo entendió de este modo la Madre, por eso hizo girar toda su vida de religiosa en torno a esta obra de nega­ción al yo personal, para dejar campo abierto a la posesión plena de Dios; no piensa en cosas espectaculares, y cada acontecimiento de su vida diaria, y sus humanas debilidades, la harán sentir siempre su insignificancia y mediocridad, en una ansia jamás satisfecha de llegar a un grado mayor de perfección.

La última característica que mencionaremos en la visión retrospectiva de esta etapa en la vida que recordamos, es esa insistente y terca locura que se advierte en todos sus actos por el silencio interior de su vida… “Silencio, pequeñez, anonadamiento”. “Silencio de Jesús, haced callar mi naturaleza, para que aparezcáis sólo Vos”. “Silencio, silencio y silencio es la conclusión que me pide Jesús de su obra en mi alma”, “Si gozo, una voz interior, me dice: silencio; si sufro, oigo: silencio; silencio y siempre silencio. Ah, es que el silencio bien entendido y así practicado, será el único que arrancará el yo”. Estas y parecidas expresiones aparecen frecuentemente en los escritos de la Madre. ¿Es en toda forma razonable su obsesión?

Es desde luego evidente que la soledad física, silencio exterior y recogimiento real, son moralmente necesarios, pero no indispensables para el que quiera hacer vida contem­plativa… “La soledad más verdadera, encontramos de nuevo en Merton, no es algo externo a ti, no es ausencia de hombres y sonidos en torno tuyo: es un abismo que se abre en el centro de tu alma”, Y poco más adelante agrega: “Este abismo de soledad interior se crea por un hambre que no se satisfará jamás con cualquiera de las cosas creadas,”

Con estas palabras podemos encontrar el sentido de esa obsesión que a lo largo de su vida, angustia a la Madre de San José; pero el Kempis viene a hacernos más luz sobre es­te punto al decirnos que: “En el silencio y sosiego se apro­vecha el alma devota, y penetra los secretos de las Escrituras”, y párrafos más adelante… “Deja lo vano a los vanos… Cierra tu puerta sobre ti y llama a tu amado Jesús. Permanece con él en la celda porque en ningún otro lugar hallarás tanta paz,”

También entre los escritos de la Madre, hemos encon­trado un breve tratado de perfección interior mediante la práctica de este íntimo silencio del alma. Seguramente per­tenece éste a pláticas, espirituales, a ideas de su Director, o tal vez fue copiado de algún tratado más extenso de santidad.

En el manuscrito de referencia se afirma que “la vida interior puede resumirse en esta sola palabra: silencio. Es el silencio lo que  prepara a los santos, él los comienza, los sostiene y los perfecciona. Luego enumera doce grados de si­lencio, a saber: 1º.- Hablar poco a las criaturas y mucho a

Dios. 2º.- Silencio en el trabajo. 3º.- Silencio en la imaginación. 4º.- Silencio de la memoria. 5º.- Silencio del co­razón. 6º.- Silencio interior con las criaturas. 7º.- Silencio de nuestra naturaleza. 8º.- Silencio del espíritu. 9º.- Silen­cio del juicio. 1º.- Silencio de la voluntad. 11º.-Silencio consigo mismo. 12.- Silencio con Dios. Cada pequeño ca­pítulo va seguido de una explicación sobre cada género de silencio y los medios para alcanzarlo. La forma de exposición hace pensar casi con seguridad en que todo esto pertenece a orientaciones de su Director Espiritual, por más que la Madre haya luego asimilado en forma admirable todas estas enseñanzas hasta verterlas a cada momento a lo largo de todos sus escritos.

Esta breve exploración por el diario de la Madre, y so­bre él, a través de su vida espiritual, es con toda seguridad, un reflejo imperfecto de 1o que aquella alma escondía. Cada línea de su diario leída con atención, habrá de descubrirnos nuevas bellezas, ocultos tesoros de amor y virtud, cuya imi­tación está al alcance de toda persona.

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