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Tierra Prometida

¡Qué bellas y qué terribles son las palabras con que Dios habla al alma de aquellos a quienes ha llamado a Sí, a la Tierra de Promisión que es la participación en su propia Vida… esa tierra amable y fértil que es la vida de la gracia, la vida interior, la vida mística… ! Así escribía Thomas Merton, el célebre convertido de nuestro siglo, en los umbrales del Convento de Getsemaní.

En verdad, no puede haber invitación más dulce, que la invitación divina a una vida más alta, a la vida de perfección, a aquella Tierra Prometida, paraíso escondido de ce­lestiales gozos donde moran las almas elegidas.

Pero al mismo tiempo, no puede haber invitación más terrible para quienes la reciben sin comprensión ni respuesta, O comprendiéndola rehuyen el ofrecimiento ,de perfección que es la sublimación por excelencia de todo nuestro ser.

La narración bíblica es terminante.

Pues la tierra que tú vas a poseer no es como la tierra de Egipto de que saliste y en donde, cuando la semilla está sembrada, llegan las aguas para regarla a manera de jardines, sino que es una tierra de colinas y llanuras, que espera la lluvia del cielo.

Y el Señor tu Dios siempre la visita. Y sus ojos están en ella, desde el principio del año hasta su fin.

Él dará a vuestra tierra la lluvia primeriza y tardía para que podáis cosechar vuestro grano, vuestro heno para alimentar vuestro ganado, y para que podáis comer y llena­ros.

Estad vigilantes, no sea que vuestro corazón sea enga­ñado y abandonéis al Señor para servir extraños dioses y adorarlos; y el Señor irritado cierre el cielo y la lluvia no descienda ni la tierra dé su fruto, y perezcáis rápidamente lejos de la tierra excelente que el Señor quiere daros…

Esta es la historia de las almas llamadas a la perfección, esta fue la historia de la Madre María de San José.

Un día pudo despertar llena de felicidad en aquella Tierra Prometida que tanto había soñado.

Después de haber cruzado como los judíos del cautive­rio, el Mar Rojo de aquella vida encendidamente piadosa de su niñez, se encontró de pronto en el terrible desierto del mundo.

Ni el cariño de sus padres, ni el calor de su hogar, ni la vida más o menos cómoda de su posición social, bastaban para llenarle el corazón que, como los judíos que suspiraban por las cebollas de Egipto, le hacía desear vivamente la vida de sus primeros años en el Colegio de las Adoratrices.

Por eso, cuando llamó a las puertas de aquella casa, pudo estremecerse con el júbilo de los cautivos judíos cuando vieron en la lejanía la tierra que el Señor les había preparado.

Un nuevo horizonte se abría a sus ojos. Aquella tierra que iba a poseer no sería como la tierra de Egipto que se riega con las inundaciones de su caudaloso río; aquí, echada la semilla, sólo había que esperar la lluvia del cielo. Arriba están las nubes que se hinchan de humedad, más arriba el Amor que había de descender en fuente de bendiciones, en principio de fecundidad, en llamarada de amor reparador ante el Sol Eucarístico que en último término dora las si­mientes.

Nueva Tierra de Promisión, como aquella del pueblo

escogido, permanentemente visitada por Dios, ya en lluvia de consolación, o ya en esa aridez espiritual con que Dios requema la tierra de sus almas escogidas para gozarse luego en la proliferación del amor probado.

Y su alma se extasió en la caricia de la “lluvia primeriza” que vino a despertar aquel sembradío de virtudes subterráneas que pronto reventaron a la vista de toda la comunidad que no pudo menos que admirar la pureza de aquella alma, y el porte edificante con que se conducía en todos sus actos.

De este modo transcurrió el tiempo del Postulantado y Noviciado, en el cual no faltaron las pruebas duras con que Jesús suele probar a sus elegidos, pruebas semejantes a las que el agricultor hace en su tierra, cuando rompiendo despiadadamente su superficie, la deja sola a la furia del sol, seguro de que aquella medida habrá de traer el premio de la mejor de las cosechas.

Una de las virtudes que más la distinguió durante su noviciado, y en la cual sobresalió toda su vida, fue el orden esmerado que manifestado al exterior en sus cosas, y en su persona, venía a ser imagen del orden interior con que arreglaba su alma, .aquella alma tan celosa en la adoración del Santísimo Sacramento.

En esto particularmente fue sumamente cuidadosa la Madre de San José: se esmeraba de tal modo por hacer bien su hora de Adoración, que parecía que en realidad había hecho de aquellos momentos en la compañía de Jesús Eucaristía, el centro de su vida espiritual y la razón de su vida religiosa.

El día 21 de enero de 1921, hizo sus primeros votos. Entonces, a partir de esta fecha, fue palpable el espíritu sobrenatural de total entrega a Jesús con que la Madre comenzó a ejercitarse. Esta que sería la más grande preocupación a lo largo de su vida religiosa, ser totalmente. rendidamente de Jesús, e identificar su voluntad a la voluntad divina. Pudo trascender a las demás religiosas que veían en ella a una alma edificante, escogida por Dios para grandes cosas.

Tanta era la estima de su santidad, y de tal modo edificaba su comportamiento a la comunidad que al poco tiempo después de haber pronunciado sus segundos votos, (11 de febrero de 1924) era elegida Maestra de Novicias y Cuarta Discreta.

Ahora sí, ya estaba en lugar que siempre había deseado, una vida soñada se abría ante ella, y su corazón se estremecía de amor divino, aún a costa de las primeras graves contrariedades que desde este tiempo vinieron a probarla.

Todo el sufrimiento, la incomprensión, las malas inteligencias por parte de la comunidad, valían poco, en comparación de aquella sublime promesa hecha al pueblo elegido en la puerta de la Tierra de Promisión, vuestra tierra es una “tierra de colinas y llanuras que espera la lluvia del cielo” … y la lluvia de la gracia fue todo, el único anhelo y obsesión de nuestra biografiada.

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One comment

  1. […] Tierra Prometida […]



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