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Secretos de Santidad

La perfección del hombre, es una obra humana que termina en la divinización de la criatura.

La obra de la perfección no podría realizarse sin el concurso divino, pero menos aún, si no va de por medio el elemento humano.

Y ese trabajo, obra de artífices, lento y agotador, está medido en la medida de la misma existencia. Tanto dura, cuanto dura la vida del hombre.

La obra de la santificación ardua y difícil, es obra de detalles, delicada y minuciosa.

Y puesto que la materia de trabajo es nuestra propia greda humana, no podemos abandonar el trabajo ni un ins­tante; atada a nosotros va esta naturaleza corrompida, que debemos transformar en imagen de Dios.

Cada semana, cada día, cada hora, cada minuto, cada instante, debemos tener empuñado el escoplo que va arran­cando imperfecciones, que va descubriendo en lentitud de artífice la obra sublime.

Eso es el examen particular. Partiendo del convenci­miento de que nuestra santificación tiene que ser fruto de un paciente y cotidiano esfuerzo, va jimando cada día los defectos más notables de nuestra naturaleza, para poner en seguida un acopio de virtudes.

El Kempis lo dice, y los directores espirituales insisten en ello como piedra de toque en la santificación de las al­mas; si cada año logramos arrancar .de nosotros una falta, pronto llegaremos a ser perfectos.

Por el examen particular practicado en una o en otra forma, han alcanzado los santos la perfección que hoy cons­tituye su inmortalidad.

El examen particular, según la mente de San Ignacio .de Loyola, debe ser criba finísima en donde queden todos nuestros defectos, y luego fuente de virtudes adquiridas a fuerza de la práctica diaria.

Y las almas deseosas de santificación, emprenden con entusiasmo este método. infalible de perfección, señalándose tal cual consigna, por la cual luchan día tras día hasta ven­cer en su intento.

Pero luego, para llevar el registro de la efectividad y sinceridad de su empeño, anotan cada día, al mediodía y por la noche, las deficiencias habidas, y los triunfos alcanzados.

Así, con minuciosidad, con esmero, con ardoroso afán, llegan esas almas a encontrarse limpias de faltas, y henchidas de virtudes, dispuestas plenamente a estrecharse en la intima identificación con Jesús.

La Madre María de San José fue celosísima de la práctica del examen particular. No hubo un solo día que no llevara éste con riguroso esmero, apenas los días de su enfermedad, desiste de tan saludable ejercicio.

Entre sus escritos, se conservan algunas libretas en las cuales anotaba el resultado diario de su examen. No aparece cuál haya sido el asunto de aquél, ni hay necesidad de ello; aparece sí, la anotación diaria, siempre victoriosa, de esta práctica.

Al lado del examen particular, registra el resultado de su examen general, sobre los siguientes puntos: Levanto, Oraciones, Aseo Personal, Primer Acto, Puntualidad, Meditación, Examen de ella, Rosario, Horas Menores, Sagrada Comunión, Santa Misa, Desayuno, la Visita a J. S., Oficio Prop. Oraciones trabajo, Silencio, Silencio riguroso, Silencio ordinario, Corona Dolorosa, Estación, Renovación de Vv. Examen Gral., Examen Particular, Refectorio, Acción de Gracias, Recreo, Descanso, Vísperas, Completas: Lectura Espiritual, Silencio riguroso, Oficio en la Tarde, Santa Ado­ración. Pobreza, Castidad, Obediencia, Clausura, Vida Común, Humildad, Caridad, Suavidad, Deberes de Maestra, Deberes de Madre, Deberes de Hermana, con los prójimos, Unión con Dios, Paciencia, Buen Ejemplo. Maitines, Laudes, Cena, Acción de Gracias, Recreo, Aprovechar el tiempo, Ultimo Acto, Examen Particular, Gran Silencio.

Todos estos puntos, puestos en lista, y mediante un ra­yado especial, van siendo calificados cada día, conforme a una tabla de signos, en la cual, “S” significa que se hizo el acto con perfección; “1”, que se hizo el acto con imperfección; “O” que se omitió el acto culpablemente; “—“ que se omitió sin culpa, finalmente una “O” con un punto en el centro, denotará que se omitió el acto por enfermedad.

Vista la enumeración tan amplia y detallada de los puntos sobre los cuales se examinaba cada día, y la minuciosa clasificación de resultados, podrá pensarse ya en lo arduo de la obra de santificación, y la vigilancia esmerada y rigu­rosa sobre cada acto, el más insignificante, y sobre cada mi­nuto del día,

Lo expuesto hasta aquí, concierne apenas al examen general, en el cual aparecen los actos ordinarios de la vida de comunidad, practicados bien o mal, en el caso de la Madre, más bien que mal; para confirmarIo, hemos tomado un día cualquiera, por ejemplo, el 23 de junio de 1951; en este día, 43 actos aparecen calificados con “S” o sea que se hizo el acto con perfección; 9 con el signo que ,denota que el acto se omitió por enfermedad, y 3, con el guión que indica que el acto se omitió sin culpa.

Pero si en los actos ordinarios de comunidad, fue tan cuidadosa de su observancia a la perfección, esto vale con mayor razón, si hemos de referirnos al examen particular, para el cual se toma como materia la extirpación de algún defecto, o la afirmación de alguna virtud, de acuerdo siem­pre con el Director Espiritual; todos los actos realizados con este fin, deberán aparecer en el recuento del mediodía y de la noche.

La Madre María de San José, anota su examen parti­cular valiéndose de una sencilla tabla que abarca los días del mes en su parte superior, y a la parte derecha, los dife­rentes grados que pueden alcanzarse en la práctica que se hace, a saber; perfecto, omisión sin culpa, mal, enferma, pecado. Sobre todo, una línea va subiendo y bajando según la observancia del día a que corresponda.

En los apuntes del examen particular de la Madre, la línea se mantiene en una casi constante horizontalidad sobre el primer punto que corresponde a la práctica perfecta del examen; algunas veces desciende al segundo: omisión sin culpa, y raras veces hasta el tercero: mal.

Otro de los recursos más importantes en la obra de la santificación y que la Madre tuvo muy en cuenta, fue el de

la meditación diaria. Los directores encarecen mucho esta forma de oración, como lo más fecundo que puede existir en orden a la perfección.

La meditación, nos hace asimilar en forma personal la verdad o asunto que hemos tomado como tema, refiere a nosotros tal cual suceso evangélico, nos hace sentir de cer­ca que la voz divina, es fuente de mil piadosos pensamientos e iniciativas. Ninguna confirmación más amplia, que el mismo caso de la Madre María de San José, que, bendecida de Dios con luces especiales, vuelve de la oración mental, hen­chida de gozo, llena de amor, palpitando de satisfacción an­te el banquete sublime que se le ha puesto frente a su inte­ligencia y frente a su corazón.

No siempre la meditación es principio de una sensible fecundidad espiritual; en aquella noche de los sentidos que hacía clamar a San Juan de la Cruz, el célebre, “¿A dónde te escondiste, Amado?” se puede tener resequedad y aridez en el alma, pero no es la aridez muerta del desierto, sino una aridez simulada, detrás de la cual se esconde Dios para pro­bar a su criatura, antes de co1marla de mayores luces.

Si hemos de juzgar por señales exteriores, la Madre Maria de San José, siempre encontró un filón de luz en sus meditaciones, siempre vuelve de ellas, con la chispa de amor reavivada a través de su fervorosa y encendida oración. Y lo afirmamos así, porque ni un día siquiera deja de anotar en cuatro o cinco palabras el fruto condensado .de su medi­tación.

Es imposible consignar aquí todos esos hermosos pen­samientos cuya exégesis detenida, habría de descubrimos más la hermosura del alma de la Madre. Veamos sin embar­go una o dos de esas frases, escritas .después de esa media hora de oración, cuando palpitaba todavía, vivo en su alma, el reflejo de la luz recibida.

El 9 de febrero de 1951 escribe: “Qué paz tan grande se experimenta después de una renuncia”. Una corta frase que encierra toda una lucha y toda una victoria, y que en su simplicidad, hace sentir el gozo divino de quien entregándose de lleno a su Ideal, encuentra dulces los renunciamientos dolorosos de nuestra naturaleza.

El 19 .de septiembre de 1951, anota: “Soportar los defectos de todas, como me los soportan a mí; tolerancia…” Aquí esta vivo ese elemento humano sin el cual no hay divinización de la criatura, pero a través del cual, pueden alcanzarse las más altas esferas de santidad; todo es cuestión, de adoptar una resolución, como lo hace la Madre.

Un ejemplo más de lo que la Madre San José llamaba “chispitas durante la Meditación”, el 27 de enero del mismo año, escribe: “El abandono de Dios me desposeyó de mí misma, soy su presa voluntaria”. Aquí habla el amor; ya no existe la criatura, fue consumida en la llama divina, sólo se estremece un amor rendido, ancho, resuelto, a Jesús.

Así alcanzó la Madre de San José la santificación y perfección de su alma; una lucha constante, un ejercicio inin­terrumpido, un esfuerzo cotidiano tuvo que emprender a fin de lograr la hermosura de su alma. Y tres medios muy efi­caces, los medios que se aconsejan a todas las almas deseosas de perfección, la llevaron a tan alta santidad.

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