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Rosa de Martirio

Pero escuchemos ahora, la relación de los atropellos cometidos en contra de la Madre María Rosa de Jesús Sacramentado, de la misma Casa de Ejutla, ya que ella, después de haber practicado actos heroicos murió estando en prisión; su nombre se encuentra ahora en el catálogo de los mártires mexicanos, de aquella floración maravillosa con que se enrojeció nuestra tierna en la época aciaga del régimen callista.

Dispersas y perseguidas, porque a principios de febre­ro del año de 1929 -leemos en otra relación biográfica enviada al Monasterio de Vich- se ordenó a la Rvda. Ma­dre María Rosa de Jesús Sacramentado (que al morir la su­periora gobernaba a las dispersas como Vicaria y Primera Camerlanga) que se uniera a un grupo de 30 religiosas que se habían instalado en Autlán bajo la presidencia de la Ma­dre Ma. del Perpetuo Socorro, sucesora de la Madre Ma. de los Remedios.

El día 8 de febrero llegó a Autlán.

El lo. de marzo, cuando los agraristas, armados por el gobierno, a la una ,de la madrugada asaltaron violentamente la casa donde estábamos reunidas, -dice la religiosa que narra estos sucesos- vistió a una hermana enferma y se vistió a sí misma.

Sabía perfectamente que nos amenazaba, no sólo la pri­sión, sino el envío a la Colonia Penal de las Islas Marías, y esto le causaba mucha pena por las hermanas ancianas y enfermas.

Pasadas las primeras horas de prisión recobró su habi­tual serenidad y, cuando al día siguiente se nos avisó que deberíamos salir para El Grullo, fue la primera en tomar su pequeño bulto de ropa y subir al camión.

La travesía de Autlán a Sayula dura ocho horas en co­che; pero a nosotros se nos detenía en cada población hasta que se unían a nuestra escolta, todas las tropas de los alre­dedores.

Muchas veces nos tenían horas y más horas en las pla­zas, hasta que las familias cristianas conseguían permiso de llevarnos a sus hogares.

La noche que pasamos en Guadalajara, en la Jefatura ,de Operaciones, cuando el centinela se presentaba cada hora para contarnos, la Madre María Rosa era de las prime­ras en ponerse en pie, intensamente pálida, con su rosario entre las manos.

Llegamos a México el 12 de marzo a las doce, fuimos llevadas directamente a un Departamento de la Secretaría

de Gobernación. En los interrogatorios, la Madre María Ro­sa manifestó su prudencia nada vulgar.

En todo el trayecto no había dormido nada; siempre velando junto a las jóvenes, siempre consolando a las más afligidas. Nos decía: “Ahora es cuando podemos atesorar para el cielo, hermana; no desaprovechemos la ocasión, ofrezcamos todo a Nuestro Señor.” Pero esto lo decía como ella era, Sin ostentación, casi al oído de las que veía más tris­tes.

El día 14 comenzó a estar enferma. Como nos habían recluído en una casa particular y nos tenían enteramente incomunicadas, no pudimos acudir al médico hasta pasados tres días.

El doctor declaró que la enferma tenía bronconeumo­nía, y que era muy difícil salvarla. La hermana comprendió desde luego su gravedad y con mucha alegría dijo a Nues­tro Señor: “Dios mío, te ofrezco mi vida por la paz de mi patria, por mi comunidad y por mi familia”, y se sonrió con una sonrisa de indecible felicidad. Ya antes se había ofreci­do a Nuestro Señor como víctima por los sacerdotes, según declaración de su confesor.

¡Cuánto sufrió! Ella, que nunca se quejaba ni sabía pe­dir nada, dijo un día a la enfermera, que sentía mucha nece­sidad, que le diera algo. ¡Ay!, no era posible darle nada, porque nada había.

Lo que más nos apenaba era la imposibilidad de que se sacramentara. Se nos vigilaba constantemente. ¿Qué hacer?

El Dios grande, fuerte y poderoso, permitió que nos llevaran la Sagrada Comunión el Lunes de Pasión; y el Jue­ves Santo, un sacerdote jesuita administró los Santos Sacra­mentos a la enferma, recibiendo el Sagrado Viático.

El Lunes de Pascua, antevíspera de su muerte, volvió a comulgar. Falleció santamente el 3 de abril de 1928 a las 7 a. m…. ”

Así se escriben estas cosas, con sencillez, sin palabras rebuscadas, ni enredadas frases.

El poema que se escribe con el sacrificio de una vida en aras del Amor Divino, no es para los: ojos de este mundo. Que los ángeles en el cielo batan palmas de gloria, que los bienaventurados canten himnos de gloria ante el Rey de los Reyes, conquistador de una alma; aquí abajo, basta cerrar los ojos y pensar que México añade un nombre más a la lista de sus mártires.

Pero la sangre de cristianos lleva 20 siglos fecundando la vida de la Iglesia; el sufrimiento de los mártires, es manantial de gracias para esta admirable institución que desafiando tormentas, permanece inconmovible, agarrada fuertemente a la historia de la humanidad.

Es la encina centenaria que el vendaval apenas estremece, sin que logre mover su honda raigambre hendida en el corazón de la roca divina.

Es la barquil1la de Pedro, más ligera y veloz, cuanto más violentos son los aires que la empujan; más risueña, cuando las aguas se tiñen de rojo por la sangre de sus hijos.

La persecución de la Iglesia en México, no hizo otra cosa que clavar fuertemente en nuestro pecho ese grito que es toda una proclamación del cristianismo que se vive a prueba de luchas y martirios, ese grito que es toda el alma de nuestra historia, el grito que estremeció a la patria y reper­cutió por todo el mundo, el grito que llegó hasta el cielo llevado por nuestros mártires, el grito victorioso de  Viva Cristo Rey!

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One comment

  1. […] Rosa de Martirio […]



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