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Presentimiento

Todo niño, desde la más tierna edad, proyecta en su vida, su propia edad madura. Duermen en su alma todas las pasiones, afectos, tendencias y virtudes que habrán de signar su edad adulta.

Un almácigo de fuerzas contradictorias se esconden en el corazón infantil; algún día, en la efervescencia de la juventud, esas fuerzas habrán de salir a flote, colocándolo en la difícil encrucijada, que hacen de ella la edad más difícil, la edad decisiva en el porvenir de su existencia.

Esto, porque en esa época de la vida, aquellas tendencias acaso ignoradas, cobran forma en el corazón del joven, el cual, azorado, inexperto, acosado por mil vistosas novedades, se confunde consigo mismo. Pero ahí está el educador que debe llegarse a aquel corazón en borrasca, para orientarlo sobre el rumbo que ha de dar a su vida, sobre las ten­dencias que debe cultivar, y aquellas otras que debe sofocar.

Después vendrá el hombre formado, dueño de su volun­tad, seguro de sí frente a todas las tormentas, el hombre que decidiéndose por este o por aquel camino que ya apuntaba en su infancia, ha hecho de su vida la realización de un sueño.

y un niño amante de pasar el rato jugando a los alta­res es muy probable que termine sintiendo deseo de ser sacerdote, aunque debe tenerse muy en cuenta que en ello no consistirá meramente la vocación sacerdotal, pues ésta, más que producto de una cosa sentimental, ha de enraizaren lo más hondo del alma, a través de una convicción razonada y de la disposición que lo haga idóneo para el caso. Con todo, siempre será verdad que en la mayoría de los casos, los juegos y aficiones del pequeño, proyectan toda su vida futura.

Todo esto es lo común, lo que ordinariamente acontece en todos los hombres; lo que no sucede siempre es que en los primeros años haya un anuncio de la misión sobrenatural que Dios tiene preparada a tal o cual persona.

En la madre María de San José encontramos un presentimiento misterioso que no dudamos en calificar de extraordinario, dados los hechos de su vida posterior.

La niña iba y venía del colegio sin novedad especial; las Madres Adoratrices procuraban inculcar en aquellos tiernos corazones puestos a su cuidado, la simiente de las virtudes, y la práctica del amor a Dios sobre todas las cosas. Nues­tra biografiada, notable por su aplicación en las clases, era también alumna ejemplar en la escuela de la santidad; en su corazón prendían todas aquellas palabras, y en su alma se encendía el deseo de servir a Dios en algo que pudriera equipararse a aquel amor que ardía en su pecho.

Un buen día la madre de nuestra biografiada, comenzó a notar que ésta traía siempre consigo piedras, más o menos grandes, ya en los bolsillos del vestido de uniforme, ya en­tre sus útiles escolares, o simplemente en las manos. La cosa no tenía importancia; quién va a pedir a un niño que obre en todos sus actos con criterio de adulto. Aquello sería segura­mente ocurrencia infantil sin mayor significación. Así pensó la madre de la niña.

Pero pasaron los días, y aquella niña persistía en su rareza de traer siempre consigo una piedra de mayor tamaño, o varias menores entre su ropa y sus cuadernos de escuela. Sus hermanitos comenzaban a hacer bromas al respecto, que no hacían otra cosa que provocar una indefinible sonrisa en el semblante de aquella criatura privilegiada.

La cosa parecía no detenerse ahí; pronto las bromas subieron de tono, y ya entre las mismas compañeras de escuela circularon cuentecillos acerca de la célebre extravagancia de nuestra biografiada.

Se imponía pues la intervención materna, con tanta ma­yor razón, cuanto que ésta fué siempre esmeradamente cui­dadosa de la educación de su familia.

Esto no está bien, María, -comenzó la señora Luz Ze­peda-, es necesario que corrijas todas esas rarezas que no hacen otra cosa que provocar la burla de tus hermanos y de tus compañeros. Deja esas piedras, y no vuelvas con esas tonterías. Una niña debe pensar en sus juguetes de niña, en sus libros de estudio, pero no ocuparse de andar acarreando piedras; hoy mismo encontré una enorme piedra en tu cama, y por más que trato de encontrar una explicación a este mo­do de obrar, sólo pienso y temo que estés perdiendo el jui­cio.

La niña se quedó viendo con desconcierto a su madre; sus grandes ojos negros se mojaron de lágrimas. Quiso son­reír, pero su sonrisa se congeló en una mueca amarga ante la inflexible severidad de su madre; entonces, refugiándose en el pecho materno, sólo pudo decir entre sollozos:

Sabes, mamacita, ya no lo volveré a hacer; pero es que yo siento que cuando sea mayor, voy a cargar una cosa grande, grande, y muy pesada… Por eso cargaba piedras, para irme acostumbrando a su peso… aunque las piedras no pesan nada…

La señora no comprendió aquellas palabras, pero entre­vió la grandeza de aquella alma, y el destino que tal vez Dios le tenía señalado… y no le respondió palabra, la estrechó efusivamente contra su corazón, hasta que sintió que se iba serenando aquella niña, y que su rostro volvía a expresar su habitual sonrisa.

Desde esa fecha, la Madre María de San José pudo llevar consigo todas las piedras que alcanzaba a soportar, só­lo que ya no al descubierto, sino envueltas en tela o cosa semejante para evitar los juicios indiscretos de personas menos enteradas.

¡Qué hermoso presentimiento el de aquella alma! ¡Cómo pudo desde su tierna infancia disponerse al peso enorme de una comunidad de religiosas! ¡Cómo abrió su inocen­te corazón al sacrificio que, con el tiempo, había de purificada hasta lograr la perfección de su alma!

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One comment

  1. […] Presentimiento […]



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