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Precio del Amor

Un siglo después de la muerte de la Fundadora de las Adoradoras del Santísimo Sacramento, pudo comprobarse con consuelo, cuán ciertas fueron las predicciones de la Madre María Magdalena, quien aseguraba a sus hijas que la Obra de Dios se extendería a lejanas regiones.

En ese mismo Centenario de la muerte de la Madre Ma­ría Magdalena, celebrado jubilosamente el año de 1924, una religiosa adoratriz pudo escribir desde Vigevano:

“El solo hecho de verse floreciente una nueva Orden de vida contemplativa en un siglo de materialismo y de progreso científico con erróneas ideas, de orgullo y de placer que trastornan los ideales más puros, es argumento suficiente pa­ra asegurar que Dios la ama y la bendice.

“De los Alpes al Vesubio, de España a Dinamarca, desde Chile a México y Estados Unidos, pequeños oasis Eucarísticos de hermanas Adoratrices, se dan por escrito su saludo fraternal en cada fiesta de la Orden, como signo del vínculo de caridad que las mantiene unidas al pie de la Hostia Santa. Y de ellos se elevan incesantes himnos de alaban­za, de acción de gracias, de Reparación y de súplica al Dios tres veces Santo”.

Amor y Reparación, he ahí los dos ejes de la vida de la religiosa adoratriz… Pero como el amor es el precio del dolor, y como toda reparación supone una culpa, parece que la Orden había de nacer y de propagarse bajo el signo del sufrimiento y en medio de las más violentas persecuciones a la Iglesia.

Un rastro de sangre dejó Dios a su paso por la tierra, ahora conocemos que el camino de la sangre es el mejor ca­mino, lo sabe muy bien México, y lo saben las Adoradoras de la Víctima Divina que crecieron y se propagaron en me­dio de la cruenta persecución religiosa que azotó a nuestra Patria, a raíz de la promulgación de las Leyes de Reforma.

No nos envía Dios el padecimiento por el capricho de vernos sufrir, sino por el deseo de vernos crecer, dice Gar Mar, y este hermoso pensamiento tiene su más alta confir­mación en la propagación de la Orden que se sostuvo, vivió y creció en medio de la tormenta.

Y es que el dolor y el amor se compenetran y se fun­den en un misterioso nudo, de manera que el más alto amor va signado por el más crudo dolor… Y el corazón de Dios es el corazón de la felicidad infinita “cercado de zarzas”, por eso un punzamiento de espinas en el pecho, no es sino la señal de que Dios nos estrecha contra su corazón; señal de que nos abraza la felicidad infinita.

De este modo, los primeros núcleos de religiosas ado­ratrices, pudieron sentir -el abrazo de las espinas, para llenar cumplidamente su lema de amor reparador, al Cristo deste­rrado de nuestros templos, befado y escarnecido por los ene­migos salvajes de su Iglesia.

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One comment

  1. […] Precio del Amor […]



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