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Nubarrones y luces

Nuestros tiempos han falsificado el verdadero sentido de la santidad. Se le concibe ahora como un estrangulamiento humano en aras de un ideal más o menos quimérico. Se le teme como al peor atentado contra la dignidad del hombre.

En el criterio neopagano de nuestros días, ser santo equivale tanto como sucumbir, como renunciar a todos nuestros derechos humanos, para esclavizamos dentro del “sistema de santidad” que absorbe todo el principio de nobleza de la naturaleza humana.

Nada es más errado. El santo en toda su trayectoria de santidad, no podrá ser menos que hombre. Sin este ele­mento, el elemento humano, ni siquiera tiene sentido el mis­mo concepto de santidad. Y los hechos extraordinarios en la vida de algunos santos sólo podrán ser excepciones que confirman la regla. Y el renunciamiento de los gustos y afec­tos humanos en aras del amor divino, lejos de menguar el carácter humano de la persona, lo sublima en el más alto si­tio apenas soñado. Lo demás que se diga no puede ser sino sombrías invenciones de imbéciles, de ignorantes o de malin­tencionados.

Santa Teresita del Niño Jesús es el ejemplo por exce­lencia de esta humanización de la santidad. Ella. en la ad­mirable sencillez de su vida, refutó las erróneas doctrinas del mundo, que siempre ha querido pintar la santidad con los sombríos colores de un bosque salvaje áspero e impenetra­ble para la pobre naturaleza humana.

Santa Teresita del Niño Jesús, poniendo en práctica su célebre “caminito” de santidad, nos está enseñando la faci­lidad y amabilidad de la perfección espiritual. Nada hizo que otro no pudiera hacer, pero a las cosas más triviales dio un grande sentido sobrenatural con lo que ahora ocupa un elevado sitial entre los santos canonizados por la Iglesia.

En la vida de la Madre María de San José, no hubo jamás estridencias de ninguna especie. Entendió el verdadero sentido de la santidad, presentándonos, como una hermosa particularidad de su vida espiritual, la entrega total de su ser, en el Ser insondable de Dios; esta obsesión la hacía ex­clamar: “Si yo me perdiera en Dios como la gotita de agua en el mar, ¿volvería a tenerme en cuenta?”

Por lo demás, su trato fue siempre espontáneo, agradable, dulce, risueño. Todas las religiosas que convivieron, ha­cen notar como una de las cualidades más salientes, la ama­bilidad siempre alegre que caracterizó a nuestra biografiada, y que no podía ser sino el producto de esta humanización de la santidad.

Así transcurrieron sus primeros años de religiosa, des­de el 24 de marzo de 1919, en cuya fecha tomó el Santo Hábito, cambiando su nombre del mundo por el de María de San José, hasta que fue elegida Maestra de Novicias y Cuarta Discreta, el 19 de marzo de 1928, con cuya elección co­menzaron los sufrimientos que Dios le tenía destinados ya que la responsabilidad que pesaba sobre ella y las diferentes dificultades con que tropezó, la hicieron padecer interior­mente.

Las tres religiosas adoratríces de la familia Servín.Zepeda. Ellas son: la Madre Teresita, la Madre Sacramento y la Madre María de San José

El 21 de marzo de 1934 era elegida Vicaria de la Comunidad; en esta ocasión pudo escribir en su diario que más adelante ofreceremos casi completo: “Jesús… yo, ¿ Vi caria ? No acierto… creeme Jesús: pensé en una equivocación… después, un acto de adhesión a tu Santísima Voluntad. ¡Tú lo harás todo!”

Al año siguiente, 21 de junio de 1935, era elegida por la Comunidad para Superiora de aquel rebaño de Jesús. Aquí comenzaron en forma más abierta una serie de sufrimientos para aquella alma.

Cuando la Madre María de San José tomó posesión del cargo de Superiora del Segundo Monasterio en Guadalajara, se encontró frente a la más lamentable situación econó­mica que pueda imaginarse. Enormes, compromisos pesaban sobre la casa, deudas por todos lados, apremiantes venci­mientos, cuyo plazo se ampliaba con el consiguiente aumen­to de volumen de la cantidad iniciaI. Al lado de esto, en la casa existía el precedente de un criterio más o menos holga­do en lo que se refiere a los gastos de la comunidad siempre inmensamente mayores a las posibilidades económicas que prevaIecían.

Con el sentido práctico que caracterizó siempre a la nueva Superiora, ésta comprendió que el primer paso de su nuevo cargo debería ser el pago de todas las deudas de la casa, aunque para ello fuera necesario restringir un poco los gastos ordinarios. La Comunidad, quizá por incomprensión malévola, o más bien porque el mismo afán espiritual hubiera atrofiado la lógica más elemental en el terreno material, se opuso tenazmente a las pretensiones de la Madre María de San José.

        Aquí comenzó una historia larga y dolorosa para la Madre. Con todo su modo de ser tan amable, tan cariñoso, tu­vo que padecer los malos modos de aquellas religiosas que la habían elegido para Superiora. ¡Aquello era el colmo! Nada más puro y noble que librar a su Comunidad de aquella carga de deudas…! Y a cambio de su esfuerzo y de sus sacrificios, tener que soportar la oposición sistemática y abierta a todo lo que hacía o decía.

En este grado de cosas, no le quedaba otro consuelo que el consuelo divino, lo único que podía darle energía para soportar aquella prueba. En su diario aparecen desahogos como éstos: “No fijarme en lo que hacen las demás, y si alguna me hace algún mal, volverle un bien; Oh, cuanto bien hace una religiosa que no da oído a los movimientos de la naturaleza, haciéndole ver que ésta o aquélla no la quieren bien; lo que en contra de esta misma naturaleza haga, será galardonado óptimamente en las moradas eternas”.

Y cuán terrible es esta expresión que encontramos más adelante, y cómo hace temblar al considerar que su rectitud de intención en el obrar, estaba segura de ser conforme a los deseos de su Señor. En esta parte, todo lo del día se condensa en esta frase: “Con la fuerza de Dios. venceré al Infierno!”

Un día ,después de haber pronunciado esa especíe de anatema arrancado de aquel corazón hondamente herido por la incomprensión de su Comunidad, escribió: “Todo parece en contra mía. Pero no hay que temer, la fe sigue indicándome la ruta: “los pies aquí en el suelo, y la mirada fija en Dios”.

Pero una carta del Excmo. Sr. Obispo de Papantla, D.

Nicolás Corona, nos hará entender cuán dura era la prueba que soportaba sobre sí nuestra biografiada; hela aquí:

Muy amada en Cristo hija:

Tu carta última me ha llenado de amargura porque por ella me doy cuenta que estás sufriendo actualmente

penas muy hondas que no está en mi mano quitarte, pues es el mismo Dulcísimo Jesús quien te las manda para probarte por medio de ellas y para que des un pa­so más en el camino de tu perfección interior.

El consejo que te doy está resumido en estos tres puntos: Primero.  -Practica la dulzura para con Dios,. la dulzura para contigo misma, y la dulzura para con las hijas que Dios te ha confiado, si tú quieres ser una Superiora según el corazón de Dios. Segundo.-Déjale a Dios la parte que a Él le toca hacer en la santificación de tu alma y de las almas que te están encomendadas; no quieras hacer tú sola todo, pues esto sería pretencioso. Tercero.- Ten mucha paciencia, y procura en estos momentos en que te sientes agitada, no hacer cambio alguno de tu vida, según el sabio consejo de San Ignacio.

No te agradezco te hayas acordado de mí en el mes del Sagrado Corazón que me da mucho gusto me digas que es el mes mío en especial; y también en la fiesta de San Ignacio; qué bien se ve que tú eres de las pocas personas que conocen a fondo mi espíritu. ¡Quisiera Dios que fuera yo tan santo como crees que soy!

Y ahora voy a contestar al pie de la letra las preguntas que me haces en tu carta: la.– Creo que el buen Jesús nunca ha estado tan contento como ahora lo está de ti, pues te lo indica por medio de las pruebas a que te sujeta; 2º.– No te preocupes de tus obras sino a la hora de tu examen de conciencia, pero durante el día procura no pensar tanto en ti: piensa más en Él. 3a. – Creo realmente que el buen Jesús vive en tu alma y que tiene en tu espíritu una de las. moradas que él más ama en este mundo. 4a.- La única preocupación que te aconsejo es el abandono incondicional en los brazos del buen Dios. 5a.- Las prácticas que debes ejercitar, están resumidas en la práctica de la in­fancia espiritual que tan hermosamente practicaba Santa Teresita del Niño Jesús.

Te saludo con todo cariño, me encomiendo en tus oraciones y en las de tus hijas y me repito afectísimo en Cristo que mucho te estima y te bendice.

Esta carta firmada en México, D. F. el 9 de julio de 1937, nos muestra en forma elocuente el período de sufrimiento por que atravesaba nuestra biografiada y a la vez su alto espíritu sobrenatural y el anhelo de santificación que en medio de aquellas pruebas informaba su vida religiosa.

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