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Novicia

Continuaba ventajosamente sus estudios la Madre María de San José, en medio del aplauso de sus maestras, el cariño de sus compañeras, y el afecto profundo de sus padres que se admiraban de la sencillez, candor e inocente fogosidad de aquella niña, sin que hubiera incidente especial durante los años de primaria y secundaria que cursó con las Madres Adoratrices.

Si era de las primeras en las clases, también sabía ir adelante en los juegos, mostrando singular habilidad para organizar a sus compañeras dentro de una alegre camaradería. Pero muchas veces en lo más divertido del juego, sabía sumirse en hondos y desconocidos pensamientos que por un momento la hacían tornarse seria y retraída, hasta que de pronto tomaba su habitual jovialidad para continuar el recreo.

Fue notable también el tacto delicado y suma discreción con que supo acomodarse al temperamento de todas sus compañeras, pues con ser cosa común el disentir de opi­nión con alguno o algunos de aquellos con quienes convivía mas habitualmente, ella jamás tuvo diferencia alguna, sien­do para todas amable, sincera, cariñosa. Esto como es natu­ral, exige grandes sacrificios y la renunciación de nuestros gustos y aún de nuestro propio criterio, pero ella siempre mostró esa disposición a sacrificarse a sí misma por los demás.

         Su vida de piedad fue motivo de verdadera edificación para sus compañeras, quienes se sentían atraídas irresisti­blemente por aquella alma angelical. En la vida sobrenatural se cifra lo que podía llamarse la aristocracia del espíritu, y nuestra biografiada, desde sus primeros años, supo colocarse en el alto nivel de esta aristocracia, con lo que no pu­do menos que ganar grande ascendiente en su grupo. Este ascendiente supo aprovecharlo en bien de sus compañeras, y no era raro que  lo más interesante de una conversación, fuera interrumpido bruscamente por ella que invitaba a sus compañeras a rezar una jaculatoria a la Virgen.

En esta forma pasó sus años escolares, hasta fines de 1918 en que presentó sus exámenes finales y se separó de­finitivamente de aquel Colegio en donde había pasado los mejores días de su vida, según propia confesión al despe­dirse de sus maestras.

Volvía al hogar paterno, después de haber pasado co­mo interna en el Colegio de La Piedad, Mich., toda su in­fancia. Tenía entonces 17 años de edad, y un mundo fascinadoramente nuevo se abría a sus ojos.

Después de muchos años de escuela, volvía a sentir el calor hogareño, y el cariño de sus padres, y la amistad de aquellas personas ligadas a su familia por alguna razón. La casa paterna, sin embargo, le parecía extraña, demasiado estrecha, demasiado fría, para aquel encendido océano de pensamientos que traía en su mente desde la salida del Colegio.

Seguramente que la mayoría de nosotros hemos experimentado este fenómeno, cuando por alguna circunstancia especial nos separamos de nuestro hogar durante los años de la infancia. Cuando se vuelve a él, todas las cosas parecen demasiado pequeñas, todo parece chocar contra el re­cuerdo que en nosotros teníamos. Pudiera decirse que el desarrollo físico ha traído el empequeñecimiento de todo lo que nos rodea. Cuando niños, el hogar nos parecía un palacio inmensamente hermoso, después, las paredes parecen aprisionarnos en una áspera realidad. Y es que la infancia está hecha de sueños, de visiones lejanas; la juventud nos ofrece el primer contacto directo con la realidad de las cosas.

De este modo, la Madre María de San José, no pudo menos que sentirse decepcionada ante lo que encontraba al regreso del colegio. El cariño de sus padres y de sus hermanos seguía siendo el mismo, con todo, se sentía incómoda, no encontraba su medio en aquellos sombreados patios, en aquellas espaciosas salas de su hogar.

Y en el orden de los afectos no era menor su decepción, porque aquellas chicas con quienes compartía, manifestaban un modo de ver enteramente distinto al de ella; otras eran sus ambiciones, otros sus pensamientos, otros sus anhelos. Y entonces, no le quedaba otra cosa que refugiarse en el corazón de su madre que supo comprender perfectamente el estado de su hija.

En estas circunstancias y dado el grande cariño que los padres de nuestra biografiada sentían por ella, no pudieron soportar la tristeza de aquella joven que siempre reservada y pensativa demostraba claramente su insatisfacción por todas las cosas. La cercaron de cuidados, extremaron su afecto, le ofrecieron paseos a diferentes pueblos circunvecinos, a lo cual la Madre se mostraba indiferente, a pesar de la ex­quisita bondad con que agradecía aquellas muestras de cariño.

Por estas fechas, y como cosa verdaderamente providencial, pensaron los padres de Sor María de San José, pro­porcionar a ésta un ambiente totalmente distinto en donde pudiera rehacer su carácter festivo, y aun su salud amenazada. Y señalamos el hecho como providencial, porque pre­cisamente en aquellos días, Las Madres Adoratrices, moles­tadas y perseguidas ferozmente por los enemigos de la Iglesia, se dispersaron por diferentes lugares, como medida de prudencia mientras podía decidirse otra cosa.

Y así, mientras un día los padres de la Madre María de San José emprendían el camino a Guadalajara en donde pensaron establecerse definitivamente tanto para conseguir

un ambiente más distinguido para sus hijos, como porque esta ciudad ofrecía perspectivas especiales a los negocios de don Luis G. Servín, las religiosas adoratrices de La Piedad, Mich., se acogían también a la cardad de numerosas familías tapa tías que se ofrecieron a darles albergue mientras se serenaba la situacíón.

Muy difíciles fueron los primeros años para la familia Servín en Guadalajara, pues encontraban todo distinto, costumbres, clima, ciudad, gentes… No menos indecibles fueron los trabajos de las Adoratrices que llegaron a carecer de lo más indispensable, como alimentos, ropa y calzado. Cuando al fin pudieron reunirse en una sola casa, continuaron la Adoración de Jesús Sacramentado y la observancia regular de sus constituciones, en medio del buen humor y la alegría con que las .almas justas reciben el sufrimiento.

Por fin en este tiempo, nuestra biografiada, qué lejos de sentirse satisfecha con el cambio de ciudad, seguía soñando en aquella vida de recogimiento y adoración que había entrevisto en sus años escolares, pidió permiso de ingre­sar a la Orden de la Adoración Perpetua.

La persecución se recrudecía, de manera que el tiempo no parecía ser más inoportuno para pensar en estas cosas, sobre todo si se toma en cuenta el odio con que las religiosas eran buscadas por todas partes. y el cúmulo de sacrificios que esto ocasionaba a aquellas abnegadas mujeres.

Los padres de nuestra biografiada, con todo, no pusieron la menor objeción, por más que aquella separación fuera tan costosa para ellos; la estrecharon con verdadera ternura. y con entereza cristiana le llevaron con aquellas mis­mas religiosas que habían tenido a su cargo su instrucción escolar: las Madres Adoratrices de La Piedad, que no pudieron menos que regocijarse de recibir a aquella alma de cuya hermosura ya habían tenido indicios en otro tiempo.

En esta forma, el día 19 de marzo de 1919, cuando faltaban siete meses para que nuestra biografiada cumpliera 19 años de edad, trasponía los umbrales de la Casa del Señor, cuya du1cedumbre la había cautivado haciéndola morir de nostalgia en medio de las arideces terrenas.

Por este mismo tiempo los Excmos. Prelados acordaban que la Comunidad se estableciera definitivamente en Guadalajara, habiendo hecho su erección canónica el 18 de diciembre del mismo año de 1919. De este modo, ya podía transcurrir tranquilamente el noviciado de la nueva religiosa.

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  1. […] Novicia […]



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