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Maestra de Novicias

El martilleo inconsciente de nuestro vocabulario, nos hace a veces pasar sobre palabras de una extraordinaria sig­nificación, con el desenfado de quien no alcanza la trascen­dencia de las palabras que usa.

Y no hay palabra que diga tanto como la palabra “maestro”. No hay concepto tan fecundo en todos los órdenes. No hay oficio tan destacado. No hay actividad más trascendente. No hay obra de mayores alcances.

Maestro, vale tanto como forjador, como sembrador, como padre, dueño de los destinos de los pueblos, responsable del porvenir de las naciones.

Vedlo. Rodeado de chiquillos bulliciosos, está forjando la vida del mañana. Es el herrero que jadea penosamente sobre el yunque de mentes infantiles en la forja gloriosa que habrá de levantarse como estandarte de victoria sobre la materia.

Vedlo. Lleva su alforja repleta, y va regando a puños la simiente salvadora de justicia, de bondad, de honradez. El sol bruñe en plata su lacia cabellera, pero él se siente hinchado de júbilo ante el estallar radiante de la simiente.

Siembra y modela. Como sembrador, precisa de la alforja llena. ¿Qué sembraría si no llevara en su espíritu el maravilloso almácigo de gérmenes fecundos? Podría ser un char1atán, pero jamás sería el sembrador que espera al fin de la jornada, sentado sobre el surco, el canto glorioso de la cosecha.

Como forjador, necesita modelar a impulsos de un ideal que lleva encajado en su entraña, la figura esplendorosa del saber, de la virtud. No hay contracciones de músculos, pero precisa de una contracción espiritual que le hace jadear mientras sus manos van dando la forma a golpes de cincel.

Y desgarra su vida; abre su carne, para entregar completa la luz de su espíritu, y puede enjoyar la visión final de su existencia en .el erizamiento jubiloso de mil espíritus puestos sobre la brecha. Su obra nunca acaba. El pasará, pero el resultado de su esfuerzo, lleva gérmenes de inmortalidad.

Hoy se ha prostituido la misión sublime del maestro, colocándola al servicio de bastardos intereses, pero el concepto en sí, seguirá siendo eternamente grandioso. Ser maestro seguirá siendo lo más alto, lo más trascendente, lo

más glorioso a que puede aspirarse en el orden natural y sobrenatural .de la humanidad.

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La Madre María de San José, llena su vida en la misión sublime del Maestro. Una gran parte de sus actividades se cierran en el cargo que llevó como Maestra de No­vicias, no sólo en la Comunidad de Culiacán, sino en Autlán y en e! Segundo Monasterio de Guadalajara.

Pero si en e! maestro a secas, puede hablarse de la forja de espíritus, a través de la ilustración de las inteligencias puestas a su cuidado, la maestra de novicias, traspasa los linderos de lo sobrenatural. La maestra de novicias, sobre un puñado de almas en anhelo de santidad, va troquelando la figura de Cristo a través del encendimiento del amor di­vino, hasta convertirlas en flor de luz, en reflejo de eternidad, en transparencia de bienaventuranza.

La Madre Servín entendió su papel, y con denodado afán entregó toda su vida a la obra grandiosa que se ponía en sus manos. Llenó su espíritu de todas aquellas virtudes que constituyen la victoria de la santidad, para derramarlas luego en las almas entregadas a su cuidado.

Y la Comunidad de Culiacán, pudo ser la fragua por excelencia para los trabajos de esta forjadora de santidad, Sobre el yunque generoso del Corazón divino, en la llama de aquella hoguera de amor, pudo ablandar el hierro humano, y retorcerlo, volverlo, y darle la forma de Cristo, mientras los ojos recibían el reflejo de aquella forja de santos.

Y la Comunidad de Culiacán, pudo convertirse de pronto en un semillero de perfección. Ella, la sembradora, repleta su alforja de aquellas enseñanzas divinas adquiridas a través del ejercicio de santidad practicado a lo largo de su vida, iba derramando grano a grano el germen divino que enraizándose en la greda del corazón humano, traspasa los umbrales de! cielo.

La maestra de novicias en una casa de religiosas, es sin duda alguna el papel más delicado de cuantos pueden presentarse. El espíritu de aquella casa, depende del espíritu de quien va inculcando la práctica de santidad en las .almas que llaman a las puertas del santuario sedientas de esa agua que salta hasta la vida eterna.

Y la Madre María de San José, cuya espíritu alta­mente sobrenatural hemos logrado entrever en sus escritos, no admitió punto de reposo, ni siquiera cuando sus enfermedades se recrudecían, anhelosa de esa obra de santificación que se le encargaba.

Por eso la Comunidad de Cu1iacán pudo sentir los efectos de esa levadura que, después de hinchar de perfección a las novicias, trascendía a toda la comunidad. Su in­flujo llegó a todos los miembros, y todos tenían en ella mo­tivos de edificación, estímulos de adelanto, rumbo a las cumbres de la santidad.

Qué elocuentes son sus anotaciones correspondientes a esta época, cómo cada palabra muestra aquel anhelo que lle­naba toda su vida. Un día escribe: “Seré fiel, pues Jesús espera algo de mí para el bien de la Comunidad. Me enternece la docilidad de las hermanas. Seré suave y alma de oración”.

Y como siempre fincó su ejercicio de Maestra en las enseñanzas del Maestro por excelencia, como siempre acom­pañó la acción de la oración, principio de toda fecundidad, puede explicarse el éxito siempre consolador de sus empresas. Todo está dicho en la siguiente anotación:

“Estuve al­go desorientada. Mucho trabajo, poco tiempo, todavía no me organizo. No puedo fijar las horas de cada cosa. Ayúdame Jesús, hazlo tu… ” y algunos días más adelante: “Si logro ser suave para todas, habré dado con un medio grande de santificación para mí y para las demás”… Y luego estas pa­labras que acusan su intimidad con Dios y la entrega de todo su ser a aquel ideal: “Presencia de Dios; hoy siento mu­cho ánimo para negarme a mí y ser toda para las demás. En esto me debo ejercitar”. Pero nada más revelador que estas frases: “Hoy, poseída de Dios y poseedora de El. Mi Madre Santísima me enseña a estar con El. He de adoptar los mismos medios de abstracción de todo… Silencio… obscuridad… ocultamiento… ser nada …”

¿Qué raro será pues que Dios haya dado tal fecundidad a la obra de quien de tal modo se le identificaba, de manera que cuanto hacía y obraba llevaba siempre la rectitud de intención, y el deseo de unir todas sus acciones a través de una sublime posesión divina?

Por eso en la Comunidad de Culiacán se le recuerda todavía, con el recuerdo perfumado que deja una alma santa en su paso por este mundo. La Madre María de los Angeles Cobián al condensar la vida de esta admirable maestra de santidad, escribe: “…En los recreos era festiva como una Niña. Su alegría, henchida de una gracia llena de Dios, disipaba toda pena.

“Su vida espiritual tan intensa, -agrega- trascendía a cuantos la trataban. Con verdadero gozo de su alma pla­ticaba tener 38 hermanos y hermanas de oraciones que no olvidaba jamás en todo lo que hacía, participándoles y ofreciendo por ellos los secretos de su vida inteior.

“Era admirable la confianza ilimitada que sabía infundir en Dios, y siempre, en cualquier contratiempo, estaba pronto en sus labios la expresión: “Dios así lo quiere”.

“Todas las que la conocimos, la amamos, ¡Qué sería de sus hijas que logramos conocer más íntimamente aquel corazón que ardía, de amor y aquella alma que suspiraba por Dios, si no hubiéramos recibido la hermosa lección de su vida!”

Y estos recuerdos, vivos a través de su muerte, hablan de su obra de inmortalidad, de la trascendental obra rea­lizada por la Madre María de San José como Maestra de Novicias en los dos primeros años de su estancia en Culiacán.

Pero todo cuanto aquí se diga sólo será un reflejo pálido de la auténtica significación y alcance de su misión. En la historia de la bienaventuranza, contarán seguramente, todas sus enseñanzas y todo lo que ella mereció al plasmar con su ejemplo y con su palabra el retrato de Cristo, en las novicias puestas a su dirección.

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One comment

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