h1

Las Adoratrices

PRIMERA PARTE

Las Adoratrices

Italia, con su Ciudad Eterna, con su noble tradición, Con sus célebres ciudades, con su rancio historial en la histo­ria de la cultura mundial, Con sus inmortales artistas, fue la cuna de la Orden de Adoradoras Perpetuas del Santísimo Sacramento.

En Ischia de Castro, célebre Monasterio de las Terce­ras Franciscanas, acogió sus primeros anhelos de santidad, Catalina Sordini, que en religión trocó su nombre por el de Magdalena de la Encarnación, y a quien Dios había seña­lado como instrumento de la fundación de esa egregia ins­titución de las Adoradoras Perpetuas.

Una mañana radiante de sol, cielo de cobalto y mar de esmeralda que viene a estremecerse en el riente espumarajo de la playa, la puerta del convento se cerró tras de aquella joven anhelante de una vida más alta.

Nosotros tenemos la impresión romántica de un con­vento, que con sus claustros apacibles, con sus quietas sole­dades, con sus primorosos jardines, invita a una vida sose­gadamente feliz, regaladamente satisfecha, a donde no pue­de llegar pena alguna.

Pero es una insensatez soñar con la mística paz conven­tual por fines humanos de comodidad y descanso, o por en­sueños poéticamente concebidos.

Las vocaciones verdaderas tienen por fin seguir las hue­llas ensangrentadas del Maestro… Ya lo dijo Cristo: “Si quieres ser perfecto, ve, vende, olvida, déjate a ti mismo… deja a los muertos que entierren a sus muertos… luego, ven, sígueme…” Con esto, el alma comprende la necesidad de rom­per los lazos Que la detienen; y entonces si, siente que la regla monástica y el claustro, son el puerto seguro para alcan­zar los bienes eternos.

Fue en el Monasterio de las Franciscanas, donde la nueva religiosa comenzó la edificante ascensión a la cumbre de la santidad.

Y fue aquí, en Ischia de Castro, donde Sor Magdalena de la Encarnación tuvo la maravíllosa visión en la cual Jesucristo le manifestó su deseo de que fundara la Adoración Perpetua y Universal del Santísimo Sacramento, es de­cir, una institución por medio de la cual se le adorase no sólo perpetuamente, sino en todas partes y por todos los hombres.

Hoy, la Orden ha llenado su cometido, extendida por todo el mundo, encendiendo en todas partes esa llama de amor divino, abriendo sus puertas para que todos los hom­bres acudan a sus Oratorios a rendir homenaje de amor al Rey  del Amor.

Escuchemos la relación de este celestial prodigio de labios de una religiosa de la misma orden.

“Era el 19 de febrero de 1789, jueves lardero, en que la Novicia recordaría indudablemente las ofensas que su amantísimo Jesús recibe de tantos como olvidan su carácter de cristianos y le consolaría con todo su amor y fuerzas.

Costumbre era en aquel monasterio cuidar las Novicias de barrer y adecentar el refectorio, cosa que hacían por tur­no durante toda la semana. Aquel día le tocaba a Sor Ma. Magdalena, y cuando solícita se ocupaba de este quehacer, acertó a pasar por ahí la Madre Abadesa, la cual le pregun­tó: ¿Ha tomado ya Ud. el desayuno? -No, Madre, -con­testó ellao y tomando entonces la Madre un pedazo de pan de un canasto que allí había: -Desayúnese en seguida -le dijo, alargándole el pan.

Dióle humildemente las gracias la buena novicia y en el momento de acercárselo a la boca, con grande estupor y maravilla, vieron la Abadesa y demás allí presentes que alguna gracia extraordinaria hacía la Bondad Divina a su sierva. En efecto, su mente fue en aquel momento embestida de una luz divina tan súbita y poderosa que su espíritu se quedó arrobado en Dios por un deliquio de amor. Y en esta íntima unión se le manifestó Jesucristo dándole a conocer su santísima voluntad de que fundara la Adoración Perpetua al Santísimo Sacramento del Altar.

Al ser arrebatada en éxtasis, todo cayó de sus manos, quedando sin sentidos y como petrificada de cara al muro ante el cual se hallaba. Aquel muro, que separaba el refectorio de la Iglesia del Convento, se abrió y ella pudo contemplar clara y distintamente a Jesús Sacramentado sobre un trono de gloria, rodeado de doce bellísimos ángeles, vestidos de blancas túnicas y encima un escapulario rojo, es decir, el futuro hábito de las Adoradoras Perpetuas.

Los angélicos adoradores sostenían en sus manos sendos incensarios de oro, humeantes de exquisito incienso, que ofrecían al Señor en actitud de Adoración, mientras salmodeaban. En esto Ma. Magdalena oyó una voz que le dijo: “Tú congregarás multitud de ángeles que adoren como és­tos.”

Permaneció la dichosa Novicia así perdida en Dios por bastante espacio de tiempo, y fue en vano que la Madre Abadesa que no sabía explicarse lo que pasaba, repetidamente la sacudiese hasta interponer el mandato de la obediencia, el cual la volvió en sí,de su celestial letargo, contando luego, con ingenuidad de niña la visión y portentosa revelación eucarística.” (1)

Dejemos aquí la relación del prodigio, no para dar tiempo al análisis escrutadoramente maligno de los modernos materialistas, sino para abrir las puertas a la devoción sencilla y dócil del hombre creyente que ante hechos como éste, no puede menos que postrarse de rodillas ensalzando el nombre de Dios.

(1)     Cfr. Breve Historia sobre la Orden de la Adoración Perpetua al Santísimo Sacramento. Barcelona. Año 1945.

En efecto, en la narración que dejamos apuntada, encontramos una ingenuidad sublime, la ingenuidad fresca e infantil de esas almas henchidas de fe, para quienes un suceso sobrenatural viene a traer además de la confirmación de esa misma fe, un motivo de encendimiento amoroso en la misericordia divina manifestada a los mortales.

Pero en nuestros tiempos ya no cuentan estas cosas. Estremecido el mundo en los horrores de la guerra, se ha vuelto desconfiado, escéptico; la humanidad se hunde en el océano de la duda, del materialismo bestial por el cual sólo damos lugar a lo que significa comodidad, lujo, ganancia.

La bestia se ha enseñoreado del corazón del hombre, y como la bestia es ciega, los hombres han perdido ya el tesoro de la fe, no aceptando sino aquello que pueden ver con los sentidos, aquello que halaga sus gustos.

Dios ha dado para nuestro provecho los sentidos, la razón y la fe; tres luces para alumbramos en este viaje de nuestra vida sobre la tierra. Con los sentidos podemos ver algo; con la razón podremos ver un poco más, con la fe se ensancha infinitamente nuestro horizonte. Pero el hombre moderno se empeña en no usar sino los sentidos, y con ello ha abominado de todo lo santo, de todo lo noble, de todo lo bello, para quedarse con su materia deleznable y corruptible.

El hombre moderno ha renegado de su fe, y con ello ha cavado una horrenda sepultura con sus propias manos, para sepultarse vivo en ella, sin querer ver la luz del sol, ni oír el canto de los cielos, ni sentir las dulces emociones de la religión.

Y nadie podrá sacarlo de su fosa, si él mismo no abre los ojos, y con sencillez y cordura se hace merecedor de la alabanza evangélica: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”.

Anuncios

One comment

  1. […] Las Adoratrices […]



Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: