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Infancia

La Madre María de San José (sentada) a la edad de dos años. Con ella la Madre Sacramento, su hermana

La historia mortal ,de la Madre María de San Jose, comienza, el miércoles 13de noviembre de 1901. De este modo comienzan las grandes epopeyas; de una Cuna a veces noble, a veces humi1d’e, han salido los grandes hombres en la historia del mundo, y también los grandes santos en la historia de la bienaventuranza eterna.

Fue la Madre San José, el segundo retoño de los once con que Dios bendijo el ejemplar matrimonio de los señores Luis G. Servín Motejano y Ma. Luz Zepeda de Servín, familia distinguida por su posición social y por su vida muy cristiana.

Y fue La Piedad, Mich., tierra risueña y hospitalaria, a quien tocó la dicha de recibir a la recién nacida, que muy pronto fue llevada a las aguas bautismales obedeciendo a la cristiana diligencia de sus padres que siempre fueron muy cuidadosos en este aspecto.

Era el 15 de noviembre del año 1901; apenas tenía dos días de nacida la pequeña niña, cuando se verificó el bautismo en la Iglesia Parroquial de La Piedad. En el propio archivo aparece la partida correspondiente a la “niña María Gertrudis del Sagrado Corazón de María, hija legítima de! Sr. Luis G. Servín Motejano, y de la señora María Luz Zepeda de Servín.”

Las aguas lustral es corrieron por la tierna cabecita poniendo e! beso de la gracia en aquella alma que al correr de los años, sabría cuidar con tanto esmero la blancura de ese vestido divino. Afuera, un sol a plomo doraba la cosecha en sazón, y un vientecillo de otoño, traía la queja doliente de las simientes desgajadas por el peso de la hoz.

Muy poco sabemos de la infancia propiamente tal de nuestra biografiada; por lo demás, bien podemos asegurar que no hubo cosa extraordinaria y que pasó sus primeros años, como los pasan todos los hijos de una familia cristiana.

Todavía en nuestros pueblos quedan muchasde esas familias cristianas a “la antigua” porque en estos tiempos en las grandes capitales, se habla de cristianismo en los hogares, pero éste ya no tiene aquel sabor patriarcal que congregaba a todos sus miembros en torno del jefe de familia o ya para el rezo diario del Santo Rosario, o ya para el estudio del Catecismo del Padre Ripalda, o ya en fin para escuchar la lectura de la vida del Santo del día.

Causa pena el pensar que todas: estas cosas, están pasando ya; ahora el hogar es sólo un lugar de citas, un hotel en donde sus miembros solamente se ven a la hora de co­mer, y muy pocas veces a la hora de cenar. La sociedad moderna ha comenzado por trastornar la vida misma del hogar, trastocando el orden sapientísimo de Dios para hacer del día noche, y de la noche día.

Nuestros abuelos, tenían por costumbre salir de casa a las cinco de la mañana, y volver a ella a las nueve de la noche; y aquel refrán “al que madruga Dios lo ayuda”, fue guía inviolable en su vida. Hoy vivimos al revés, de modo que en nuestro criterio- “progresista y adelantado”, tiene más vida la luz de una lámpara eléctrica que nos excita los nervios, que la “prosaica” luz del sol que Dios encendió en los espacios para alegría de nuestra existencia.

A la familia Servín Zepeda ciertamente no habían llegado los pujos modernistas que de las ciudades, van pasan­do también a los pueblos más tradicionalistas. En aquel hogar, se vivía la vida cristiana de quien primero y antes que otra cosa, tiene en cuenta los deberes: para con Dios, el temor de Dios, y por encima de todo, el Amor al Padre Provi­dente y Eterno que hace fructificar las tierras, que nos da el regalo de la lluvia bienhechora y el del sol fecundante, y que ha de ser nuestro premio en la eterna vida.

En este santuario de virtudes, remedo de aquel santuario de Nazaret, en donde el Divino Niño “crecía en edad y sabiduría delante de Dios y de los hombres”, fue aprendiendo la Madre María de San José la lección sublime de la vir­tud, recibiendo el ejemplo de la piedad devota y sincera.

Sus ratos de descanso podía pasarlos entregada a sus infantiles juegos en compañía de sus hermanitos, ya corrien­do y brincando por el patio y espaciosos corredores de la casa, o ya en ese género de juegos especiales de las niñas, en el cual se sueñan madres de un hogar, al frente de una prole más o menos numerosa a la que en medio de pueriles ocurrencias se esfuerzan por cuidar. .. El sueño de la Madre San José, al transcurso de los años vino a sublimarse en una maternidad más alta, y en una prole más numerosa y necesitada de cuidados de lo que ella tal vez hubiera podido imaginar.

La Madre Sor María del Sacramento, hermana mayor de nuestra biografiada, condensa la niñez de su hermanita en esta sola frase: “fue notable su inclinación a la piedad y el amor a una rectitud que siempre descubrió en sus juegos y estudios”,

Había pues en aquella tierna alma la disposición natu­ral a las cosas santas, y a la limpieza de toda culpa. De este modo, podemos pensar cómo se llenaría de infantil amor aquel corazoncito en su primera visita al templo; cómo sus ojos se clavarían inmediatamente en el Sagrario, donde

se escondía aquel tesoro que sería la obsesión de su vida de adoradora del Santísimo Sacramento.

Y qué decir del primer contacto de su alma con la Di­vina Eucaristía? Ella era una niña inocente, sin malicia nin­guna, dispuesta admirablemente a la vida de piedad, llena de sencillez, era un ángel que abría sus labios para recibir la Hostia Santa, en un abrazo del cual sólo puede dar razón el excesivo amor que manifestó al Santísimo Sacramento a lo largo de su vida.

Allí quedó seguramente sellado el pacto de amor eter­no, desde entonces seguramente prendió en su alma la lla­ma de ese amor que habría de informar todo su ser; ella era muy pequeña, pero bien demostró entender la grandeza de la Eucaristía cumpliendo aquel compromiso de pureza, ante el que es Fuente de pureza, Pan de Vírgenes, Manantial de santidad y prenda de eterna gloria.

Desde pequeñita fue llevada al colegio de las Madres Adoratrices que por entonces acababan de establecerse en La Piedad, Mich. Esta casa fue fundada en 1908, cuando nuestra biografiada contaba escasos siete años de edad.

La Casa de La Piedad, Mich., fue fundada por la Ma­dre María del Espíritu Santo Navarrete, de santa memoria, quien en compañía de otras religiosas vino de la Villa, de Guadalupe. Hay que advertir que estas religiosas, como otras muchas en aquel tiempo, tuvieron que compartir la vi­da contemplativa con otras actividades a causa de las difi­cultades casi siempre de carácter económico que tuvieron que afrontar a fin de proveer su subsistencia.

Ya estaba pues la niña en el nido que había de guardar toda su vida; ya recibía de aquellas santas religiosas el im­pulso del amor a Jesús Eucaristía que había de caldear todo su ser. Allí sintió la cercanía de esa fuente divina, allí em­papó su corazón en ese celo de amor y reparación que luego había de hacerla solicitar su admisión en esta esclarecida orden.

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One comment

  1. […] Infancia […]



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