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Fundación

Habían pasado dieciocho años desde la visión celestial que hemos referido; era el año de 1807; en este tiempo, lee­mos en la publicación que mencionamos, la Madre María Magdalena, ayudada del confesor providencial que el Señor le había prometido, así como por la bienhechora mano del español que conociera con mirada profética en la revelación, escribió las Constituciones de la Adoración Perpetua, las cuales fueron aprobadas por su Superior Mons. Pierleone, Obispo de AcquaPendente, quien en persona, acudió al S.S. Pío VII a exponer los anhelos de la Madre Ma. Magdale­na de la Encarnación que eran los manifestados por Jesu­cristo Sacramentado.

“El Santo Padre -dice el P. Juan Antonio Baldeschí, confesor e historiador de la sierva de Dios- habiéndolo es­cuchado todo con grande complacencia, contestó al Sr. Obis­po: “Obra más hermosa y más necesaria que ésta, ninguna hay, ciertamente”; y después de haberse enterado de que disponían de lo necesario, Su Santidad dijo al Obispo: “Si así es, la cosa puede darse por hecha”.

A principios de mayo de 1807, Pío VII autorizó la sa­lida de la Madre Ma. Magdalena de la Encarnación de su Monasterio Franciscano de Ischia, para trasladarse a Roma donde instituiría la Orden de la Adoración Perpetua que tendría como fines principales “ayudar a la Santa Iglesia de Jesucristo y a su Vicario en la tierra”.

De este modo, el 8 de julio de 1807, en la Ciudad Eter­na, frente al Palacio del Quirinal, residencia de los Papas en aquel tiempo, en el convento de los Padres Carmelitas, hoy sede de! Colegio Belga que guarda con veneración la celda de la Sierva de Dios, Sor Magdalena de la Encarnación fundó la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento, con gran consuelo de Pío VII y del pueblo romano que acudía fervoroso a visitar a Jesús Eucaristía, llenando así, desde sus comienzos la finalidad de adoración universal que cuenta entre los fundamentos de esta Institución.

Pocos meses más adelante, y a tiempo que las tropas de Napoleón ocupaban la Ciudad Eterna, eran aprobadas las Reglas de la Orden por el Cardenal Vicario, quien personalmente quiso comunicar la nueva a la Madre Fundadora.

Por estos tiempos, y mientras la situación se tornaba cada día más difícil a causa de la actitud despótica e irreverente del soberbio Napoleón, su Santidad mandó llamar a la Madre Ma. Magdalena para tratar gravísimos asuntos del día.

En esta memorable entrevista estuvo la Madre cerca de una hora con el Papa. Y habiéndole éste preguntado qué pensaba de las terribles calamidades que por aquellos días afligían a la Iglesia, contestó: A Vuestra Santidad no faltará valor. Los franceses le conducirán de aquí: para allá como un cordero entre lobos, sin poderle hacer daño, y al fin, glorioso y en triunfo volverá a sentarse en el trono papal.

La predicción, a decir verdad, era muy temeraria si había de jugarse el lado humano de los hechos, y si se recuerda la comprometida situación de la Iglesia y del Papa en aquellos tiempos.

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La Fundadora jugaba una carta peligrosa, a menos que contara, como de hecho contaba, con la iluminación especial de Dios que la distinguía con el don de la profecía.

Pero para valorizar todo el alcance de sus palabras, para entender hasta qué grado era favorecida por Dios, demos un paseo por aquella época aciaga en la historia de la Iglesia.

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One comment

  1. […] Fundación […]



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