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Fecundidad del Amor

Si al dolor va aparejado el amor, en aquellas horas de cruenta amargura que padeció nuestra patria, vivió las horas más gloriosas del amor.

Cada página de sangre, encierra junto con el sacrificio

la más radiante historia de amor que puede escribirse en esta vdda.

Y México entero fue un solo volumen de ese amor trascendente, de ese amor heroico que ahora constituye nuestra más preciada gloria.

Pero e! amor lleva consigo la fecundidad. En cada historia de .amor, hay un parto maravilloso de ideas sublimes, de hechos sorprendentes, de ideales radiantes, de floraciones indecibles.

Por eso, la hora del sacrificio fue para la Orden de la Adoración Perpetua y para toda nuestra patria, la hora más fecunda de su historia.

Acosadas por la furia de! enemigo, las religiosas anduvieron de pueblo en pueblo, y en cada lugar y por medio de esta misteriosa fecundidad del amor con que Dios quiso ben­decir su sacrificio, dejaron prendida la simiente de nuevas instituciones.

También la Iglesia de México, aterrorizada por las iras del tirano, fue manantial de un florecimiento, de fe sincera que nunca habríamos alcanzado por medios de blandura y bonanza.

Los arreglos definitivos de la persecución, vinieron a traernos un desenlace inesperado, el desenlace que hubo de doler a muchos y de decepcionar a los miopes; pero el fruto de aquella lucha, menos tangible pero más valioso indiscutiblemente, fue el afianzamiento de la fe de un pueblo que supo defender a sangre y fuego el tesoro inmenso de su religión.

Cuán sorprendente es la intuición que en este sentido tuvo Anacleto González Flores, defensor modelo de nuestra fe. Es cierto que el martirio le impidió la solución de! conflicto que no sabemos qué efecto podría haberle producido, y sin embargo, con qué vigor delineó a principios de la misma lucha, el fruto fecundo que habría de producir en nuestro suelo.

No nos resistimos a transcribir una candente página que escribiera entre los fogonazos de aquella pasión sublime que signó la vida de este glorioso mártir de Cristo Rey.

“Nos hallamos en presencia de un inesperado e inmenso erizamiento de conciencias y de voluntades; –escribía el 31 de agosto de 1926—.

Nunca creímos que el vértigo de las ideas y de las palabras fuera superado en unos cuantos días por el vértigo de :los acontecimientos.

Nos hallábamos todavía encorvados sobre el surco, fa­tigados por nuestra alforja de sembradores, con las manos hendidas en la tierra de las almas, y mucho antes de que el trabajo de los tiempos empujara -en medio: de una incesante germinación- hacia la luz, brotes y tallos; vimos levan­tarse bajo nuestros pies el recio desquite de los muertos y de los esclavos.

Algunos habíamos empezado a encanecer a lo largo de la trabajosa peregrinación y comenzábamos a resignarnos a ser enterrados en pleno desierto, bajo el silencio de nuestras tiendas oscuras de viajeros del ideal santo de la reconquista.

Daniel O’Connell -el osado portaestandarte de la libertad en Irlanda- ya había sido enterrado así; bajo -el silencio de su tienda de peregrino del ideal santo del desquite contra los verdugos de la conciencia, y con los ojos gran­demente abiertos hacia el lado escueto y mudo de la lejanía del porvenir.

Lacordaire, Montalembert y Ozanam -los jóvenes radiantes de ensueño y gallardía que abrazaron a Cristo ante la Francia sublevada contra la Iglesia- se habían marchado también y habían dejado el surco y el grano bajo el amparo de la esperanza.

El mismo Windthorst, -caudillo glorioso de los cató­licos alemanes, aunque ganada la batalla contra Bismarck­dejó al lado de sus resonantes victorias un programa -que fue su testamento- para consumar la reconquista.

Nosotros, quizá más afortunados que todos esos fuertes y recios luchadores, a poco de haber empezado la siembra, hemos podido ser testigos de este resurgimiento que, en unos cuantos días ha hecho que todos los gérmenes caído de  nuestras manos fatigadas de sembradores asomen gallardos y ebrios de lozanía, después de ser estrujados -como la uva madura bajo el trabajo implacable del lagar- por el puño cerrado de los verdugos y por los rechazos de los pensamientos y de los hechos.

¿Nos encontramos en presencia de un milagro? Como a lo largo de las páginas -siempre rejuvenecidas por el beso de Dios- del Evangelio, ¿Lázaro desdobla sus piernas, de­ja el sudario, y queda ante el Maestro en plena ebriedad vi­tal?

Porque durante más de medio siglo todo o casi todo se había conjurado contra nuestra fe y contra nuestra historia. Plumas, espadas, estros, togas, escuelas, parlamentos, tribu­nas y cátedras, bajo la carga de un odio satánico, bajaron hasta la médula de nuestra vida nacional para buscar ansiosamente a Cristo y repetir letra a letra las páginas del Evan­gelio la persecución, el tránsito al Calvario, el descoyuntamiento, la muerte y el enterramiento del Maestro- y que­dar seguros y tranquilos, por haber podido acabar hasta con el recuerdo de Jesús.

Pero el Evangelio se escribe todo entero siempre que se trata de escribirlo. Y aunque todos los perseguidores se empeñan en que no haya más páginas que el encarcelamien­to y el martirio, Dios se encarga y se ha encargado de escribir las páginas de la resurrección.

Y el Evangelio se repite todo entero. Sin embargo, nun­ca esperábamos esta visión anticipada de resurgimiento es­piritual que es toda una brillante promesa para el porvenir.

No esperábamos que tan pronto empezara a escribirse sobre la substancia misma de nuestras almas -páginas en blanco casi todas o escritas sin dirección y sin sentido- las páginas de la resurrección”.

Hay que entender en todo su valor el testimonio de este mártir esclarecido de nuestra Fe, hay que conceder toda razón a esta intuición maravillosa del Maestro, -primero por apodo, luego por derecho- y pensar que esa “resurrec­ción total y definitiva” no la constituyeron los hechos finales, sino la resurrección mil veces más maravillosa y valedera del espíritu cristiano de nuestro pueblo.

Exponente marcado de esa resurrección, lo será el florecimiento de las Adoradoras del Santísimo Sacramento, más notable, no por mera coincidencia, sino como signo elocuente de fecundidad, en aquellas regiones más .azotadas por la persecución religiosa.

De este modo, puede decirse que la propagación de la Orden de las Adoradoras Perpetuas, es síntesis sublime del florecimiento de estas tierras benditas regadas con la sangre de los mártires.

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One comment

  1. […] Fecundidad del Amor […]



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