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Entreacto

Todas las cosas arrancan de un punto. Antes no eran, y un día comenzaron a ser.

Los hombres y sus instituciones, enmarcan su existencia sobre la plana intangible del tiempo.

Un día aparecen sobre la sucesión de los días, y co­rriendo su camino, llegan al término prefijado en la mente de Dios.

En el amanecer de los tiempos, el universo entero pudo mecerse en la cuna de las manos: divinas.

En el hueco de las manos de Dios cupieron todas las cosas antes de salir limpias, con la fragancia de lo nuevo, en el primer amanecer del mundo visible.

Y de ahí cada día fue un reventar de nuevos seres, ca­da día sigue trayendo la alegría de muchos hombres, de muchas cosas, de muchas instituciones que aparecen sobre la tierra.

Pero con partir todas las cosas de un mismo punto, con circunscribir su existencia a un término, hay muchas que se perpetúan más allá de sí mismas.

El hombre, compuesto de alma y cuerpo, no termina bajo la última paletada de tierra; lleva en su espíritu ese germen de inmortalidad que lo hace trascender al tiempo.

Las instituciones humanas también, cuando alientan su existencia con ese germen de espiritualidad, aseguran su duración a través de los siglos.

Pero todo esto, que a primera vista parece una consi­deración de perogrullo, lleva una conclusión o conclusiones dignas de ser tomadas en serio.

Todos los hombres somos de noble linaje, todos venimos del mismo principio, todos venimos de las manos divinas.

Mas siendo tan alto nuestro linaje, es una necedad echar lodo sobre la grandeza de nuestro ser.

Viniendo de un principio sublime, no podemos traer sino un fin sublime, y no el único fin inmediato por el cual nos afanamos en saciar nuestros apetitos.

Valemos más que por el barro, que estuvo muerto hasta que no le fue infundido el soplo de Dios, por el alma que es la cifra de nuestra grandeza, de nuestra alcurnia, de nuestra inmortalidad.

Por lo tanto, la primera preocupación que nos guíe so­bre la vida, debe ser aquello que lleve consigo la exaltación de nuestra alma, su elevación sobre lo perecedero.

Un hombre sin alma, es un pedazo de carne en vías de corrupción; el alma nos coloca en los mismos umbrales de la eternidad.

Un hombre, independientemente de su alma, es un me­ro ser zoológico, una bestia común que como tal no puede tender sino a lo que tienden las bestias.

En esta encrucijada, entre la carne y el espíritu, entre la bestia y el ángel, está la grandeza de los hombres, y también su ruina.

Aquí no valen subterfugios de ninguna especie, el hombre obra como bestia o como ángel.

Los griegos establecieron una fórmula de equilibrio entre las dos tendencias para salvar el destino del hombre.

Pero ¿puede haber equilibrio, entre bestia y ángel, en­tre estrella y pantano?

No será posible si se quieren equiparar el valor de la estrella y del cieno, sino cuando la estrella ilumine el pantano y lo transforme en flor de luz, fruto de agua y de cie­lo.

Entonces, tampoco los griegos lograron un equilibrio

propiamente dicho entre la bestia y el ángel cuando trataron de valorizar del mismo modo al uno y al otro, sino cuando hicieron que el ángel ocupara su preeminencia gobernadora: preeminencia angélica, he ahí la solución.

Pero el cristianismo nos lleva más allá, nos diviniza por el espíritu, de tal suerte que mientras podemos rebajarnos a planos inconcebibles, podemos llegar a ser también semejantes a Dios.

Y entonces, no hay pena, ni miseria, ni muerte que nos angustie, todo será la inmensa delectación de la cual no pueden gozar sino los que hacen valer sobre todas las: cosas la superioridad de lo divino.

Y los hombres perpetuarán su vida más allá del tiempo: y tras de su existencia quedará la estela de su vida, en tanto que ellos gozan de una vida plena, libres ya del lastre de la carne.

Y las instituciones que fincan su existencia sobre los valores inconmovibles del espíritu, verán correr los siglos en una pujanza siempre nueva, en una fecundidad siempre

floreciente, llenando en toda forma la finalidad de su creación.

Ahora bien, las casas de las Adoradoras Perpetuas, son un remanso de paz, de íntimo embelesamiento dentro de nosotros mismos, un rinconcillo a donde no llega la marea impetuosa de esta lucha gigantesca contra el mundo.

La Orden se ha desparramado por toda la tierra, en todas partes abre sus puertas a los seglares deseosos de ir a los pies del que es vida y salud, paz interior y dulcedumbre espiritual, a reconfortamos en nuestras flaquezas, a recibir la luz única que habrá de hacernos valorizar cuerdamente el verdadero sentido de las cosas divinas.

Adoración Perpetua y Universal, ese fue el lema que guió a la fundadora de la Orden, y su anhelo que no fue otro que el mismo anhelo de Cristo, se está cumpliendo en todo el mundo.

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One comment

  1. […] Entreacto […]



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