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El que escribió para el que lee

Barruntar sobre el papel la historia de una alma escogida, no es empresa de laicos.

Penetrar en las interioridades de un espíritu lleno de Dios, no es del derecho de un seglar, acaso muy distante de esa intensa vida espiritual.

Es al sacerdote a quien, por oficio y gracia especial compete el llegar hasta las reconditeces sublimes de las almas elegidas.

Precisamente por el hecho de que, el sacerdote en su papel de médico espiritual, de guía espiritual, llevó a esas almas a la altura de la perfección, es a él, a quien, luego, toca presentar las bellezas de esa alma.

Esto no sólo por la participación que el sacerdote tiene en la santidad de una vida, (como la tiene el orfebre en su obra, o el médico en el triunfo sobre el dolor) sino por cuanto que, la exposición de aquellas virtudes servirán al sacerdote de instrumento en su obra santificadora sobre otras almas.

A pesar de todo, y con plena conciencia de estas cosas, con la conciencia de mi propia impropiedad, me dispon­go a escribir la biografía de la Rvda. Madre María de San José de la Orden de las Adoratrices Perpetuas, alma singular, espejo de limpieza, ejemplo de renunciación de todas las cosas en aras de una sola obsesión: ser de Dios, entregarse a Dios, fundirse en Dios.

He entrado temblando de respeto, al interior de esta alma escogida; Con pasos cautelosos por el miedo de una profanación, he penetrado en esta alma sublime, con los ojos desmesuradamente abiertos, mitad de asombro, y mitad de angustia; me he vuelto sobre mí mismo, he reconstruido la visión, y aquí estoy ya dispuesto a presentar sobre el papel las grandezas de esta alma.

Debo advertir, para tranquilidad de mi amigo el lector, que esta empresa jamás la habría intentado, si no hubiera contado con la dirección y vigilancia del P. Ramiro Camacho que fue quien me instó a realizar este trabajo. De este modo, bajo la tutela de un hombre santo y sabio, exquisito director de almas, callado forjador de santos, disminuye el riesgo de mayores desatinos de mi parte a lo largo de esta biografía.

Más aún, e impelido por lo que podría considerarse cierta especie de honradez literaria, debo aclarar que este trabajo inicialmente fue solicitado al Padre Ramiro Camacho, como la persona indicada para el caso; sin embargo, como el Padre es víctima de una insuficiencia visual que le impide casi por completo entregarse a sus trabajos, declinó en mi tan alta comisión.

Hay un salto tremendo, una diferencia enorme entre lo que el P. Camacho podría haber hecho y lo que yo haré. No sé si fue una temeridad de mi parte el haber aceptado, y ciertamente jamás lo habría hecho, de no contar, como ya dije, con la orientación directa de tan esclarecido escritor.

Compenetrado del asunto de mi libro; después de haber leído detenidamente todos los escritos que de mi biografiada se conservan, después de haber recopilado cuantos datos estuvieron a mí alcance, todavía me quedaba por responder a una pregunta que por muchos días me anduvo inquie­tando: ¿para quién iba a escribir?

Yo considero punto de inmensa trascendencia al esbozar un libro, el saber a quién de una manera particular está dirigido.

Porque es evidente aquí más que en otra parte cualquiera, que no será lo mismo escribir para una monjita que vive en la intimidad de su convento sin otro afán ni desvelo que el de servir a Dios y el de lograr su perfección, que el escribir para el hombre de la calle, que entre mil negocios y preocupaciones materiales no podrá considerar estas cosas sino como ñoñerías fuera de moda, como blanduras enfermizas de un indefinible color arcaico.

Claro está que hay libros sorprendentemente concebi­dos, admirablemente tratados, que se adaptan a todas las mentalidades, que llegan a agradar aun a caracteres opues­tos; pero estos casos son raros, o comienzan a ser raros aho­ra que los hombres se subdividen en diferentes tipos gra­cias a las complejidades inherentes a nuestra época. Por eso, es imprescindible en nuestros días el decidirnos por este o aquel grupo de gentes.

Y aquí vuelve la misma pregunta: La biografía de la Madre María de San José, religiosa modelo, alma elegida de Dios ¿deberá estar dirigida a un mundo de monjas que saben y entienden y se gozan de estas cosas? Pero por el contrario, ¿no será una falta de caridad y de justicia el acu­ñar este libro de modo que apenas uno que otro seglar pue­dan encontrar aquí la lección de una vida enamorada de la Única Verdad, de la Suprema Belleza, del Bien Perdurable?

La interrogación apremia, cerrándome la puerta que da a los caminos, de aquella vida ejemplar. ¿O seglares o mon­jas?

Mi resolución parte de un hecho esencial en el deslin­de que me urgía. Soy un seglar, y como tal tengo la posibi­lidad de un ángulo desde donde no podría ver un sacerdo­te, por más que él logra sondear todos los repliegues del corazón humano.

Un seglar tiene que conocer el mundo, mejor que un sa­cerdote que sólo conoce lo que de él oye o se le dice en orden a una curación espiritual; por tanto un seglar puede hablar mejor, con mayor conocimiento del ambiente a otro seglar. Un sacerdote conoce las alturas a donde pretende llevar a sus dirigidos, pero un seglar conoce mejor el cieno de donde antes, hay que sacar a sus semejantes.

De este modo, he pensado que la biografía de la Madre María de San José, podría ser de grande utilidad, si lograra enfocarla convenientemente desde el plano en que me encuentro. Podré decir, desde aquí, parado en este lugar, en el mismo lugar donde están millares de hombres anhelantes de un ideal más alto, la vida de esta religiosa nos ofrece este ejemplo que nosotros -también- podremos seguir.

En la explicación de una obra de arte, el perito tomará el tono docto que su mismo saber le impone, usará de mil tecnicismos, acudirá a mil enredadas complicaciones de estética que tal vez no puedan ser comprendidas por todos: el profano, en cambio, que se acerque a ella con empeño, podrá decir lo que ve, como lo ve, Con ignorante sinceridad, sin valerse de términos difíciles, ni comparaciones estudiadas.

Ese será mi papel en la historia de esta alma singular; ver con ojos laicos la sublimidad de una vida, para que mis compañeros, los de afuera, puedan verla también, y gozar­se como yo me he gozado, en la consideración del alcance del amor divino en la santificación de un alma que quiere santificarse.

Pero entonces, surge un problema; el proceder de esta manera ¿no será tanto como defraudar a las Religiosas Adoratrices que pidieron la publicación de este libro con el áni­mo de consignar para siempre las enseñanzas de esta Religiosa, para que el ejemplo de sus virtudes sirviera de cami­no a las que tras ella, viven afanadas en la perfección espiritual de su vida? Porque si voy a platicar con el hombre de la calle, acerca de la santidad heroica de una religiosa, ciertamente tomaré el tono que al caso conviene, y en ello, ¿podrá encontrar una monja la lección edificante que se esperaba?

La respuesta es muy sencilla, y ojalá que no parezca desatinada.

Es evidente, ante todo, que una religiosa que ha dejado hogar, fortuna, bienestar, y se ha encerrado en un convento, lo ha hecho con la mira única de facilitar así su salvación. A ello están encaminados todos los ejercicios de perfección de su vida, a limpiar su alma, a embellecerla de virtudes, a saturarla del divino amor, a fundirla en aquella “llama que consume y no da pena”, según el verso de San Juan de la Cruz, para alcanzar así el gozo de la eterna visión.

Pero hay que pensar también que la vida religiosa no pretende solamente la salvación personal, en un imperdonable afán egoísta, sino la de todos los hombres. Y si esto que puede decirse de toda congregación religiosa, vale con mayor razón para las Adoradoras Perpetuas del Santísimo Sacramento, cuya llama constante, pretende antes que nada, des­agraviar al Corazón Divino de las ofensas de los hombres.

Ahora bien, si la difusión de las virtudes de una de sus más esclarecidas monjas, pudiera ser el instrumento de la santificación de un hombre de aquellos por quienes a diario están pidiendo, no habría finalidad más cumplida y de seguro que deberían sentirse satisfechas de haber contribui­do a ello.

Pero hay más. Quien a diario gusta manjares  más exquisitos, alcanza a refinar de tal modo su paladar que luego podrá encontrar sabores escondidos en donde la multitud no distingue nada, mieles riquísimas en donde los demás sólo encuentran quizá una áspera dulzura. Y así, al exponer los pensamientos de la Rvda. Madre María de San José, al presentar sus virtudes, al delinear su vida, aunque por encima vaya el deseo de interesar al mundo seglar, todo espíritu más elevado encontrará la alta lección, el purísimo ejemplo que se encierra en esta vida.

Y aquí entro de lleno en este inmenso trabajo que me he echado en hombros.

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