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Digresión histórica

Napoleón Bonaparte, conocido con el mote de El Coloso de Córcega, es sin duda alguna, el mayor genio militar y conquistador de los últimos tiempos.

Durante 20 años, llenó con sus campañas la historia mundial, habiéndose relacionado con todos los soberanos contemporáneos de Europa.

Mucho se ha escrito de Napoleón ensalzando sus proezas y engrandeciendo su arrogante figura.

Sin embargo, al lado del genio, vivió siempre en Napoleón una ambición inmoderada, que a la postre había de ser su ruina.

Y una de las cosas que nunca pudo tolerar el orgullo napoleónico, fue la soberanía espiritual del Papa sobre todos los pueblos.

Por eso en una y mil ocasiones, trató de humillar y perjudicar a la Santa Sede, ya exigiéndole tributos exorbitantes, ya complicando sus relaciones con otros países, o ya también, en el extremo del encarcelamiento ordenado en agravio del mártir y anciano Pío VI quien murió ‘en el destierro.

Y cuando pensaba haber puesto punto final a la sucesión de los Papas, no pudo tolerar la exaltación de Pío VII contra quien enfiló luego sus ataques, ya en forma hipócrita o velada, como cuando solicitó ser,coronado de su mano, sólo para dar pábulo a su ostentoso orgullo, a cambio de una serie de humillaciones sin cuento con que trató al Santo Padre, o ya en forma descarada y atrevida, como cuando “mandó” al Papa entre otras cosas, “que nombrara para la Iglesia de Francia un Patriarca autónomo” , “Que una tercera parte del Colegio Cardenalicio estuviera formada por car­denales franceses”, en fin, “que aboliera todas las órdenes religiosas y el celibato eclesiástico”.

Maravillado el Papa ante pretensiones tan inauditas, y no atemorizado por las amenazas, ni por el tono irreverente, ni por el poderío del Emperador, defendió dignamente la soberanía y autonomía de la Iglesia.

Pero el despótico y soberbio monarca no pudo aceptar la “desobediencia” y en ella encontró el pretexto para ocu­par los Estados Pontificios máxime que, según sucedía en aquellos tiempos, todas las naciones mandaban a Roma sus representantes entre los diplomáticos de mayor confianza y de cualidades más excelentes, y Napoleón se sentía profundamente irritado al ver que sus enemigos tenían represen­tantes en medio de su extenso imperio y al lado,de la poten­cia moral más grande del mundo.

Por eso, no se pensó al ordenar que una soldadesca brutal ocupara los Estados Pontificios.

Era el 2 de febrero de 1808, fiesta de la Purificación de la Virgen, cuando las tropas francesas irrumpieron en la Ciudad Eterna, y habiendo desarmado a los gendarmes pon­tificios de servicio, ocuparon el Castillo de Saint’Angelo, incorporaron las tropas pontificias al ejército francés. La cosa llegó a su colmo, cuando los cañones fueron apuntados ha­cia las ventanas de las habitaciones del Papa.

No escatimaron vejaciones a la corte pontificia, ni si­quiera a la persona del Papa, sino que pronto comenzaron las molestias, y todo aquello que pudiera servir para debili­tar la voluntad del Santo Padre en orden a las pretensiones absurdas del Emperador.

Ante una situación semejante, no podían juzgarse si­no como temerarias las palabras de la Madre María Mag­dalena de la Encarnación, que aseguraba la vindicación de los ultrajes inferidos al Papa y la exaltación victoriosa de su poderío espiritual y temporal.

Así las cosas, estaba la Madre María Magdalena de­rramando su corazón y sus lágrimas ante la Hostia Santa por el Pontífice vejado, la noche del 6 de julio de 1809, cuando le pareció escuchar una voz misteriosa que hablaba ,de la pasión que al día siguiente sufriría la persona de su Vicario.

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Presurosa la Madre, mandó recado a Monte Cavallo para que “estuviesen bien apercibidos los que rodeaban al Padre Santo, porque aquella misma noche los franceses darían asalto al Palacio para apoderarse de la sagrada persona de Pío VII”.

El aviso celestial a través de la Sierva de Dios no podía haber sido más oportuno, ya que, en efecto, a las dos y media de la mañana, Napoleón consumaba su brutal atentado en la aprehensión del Santo Padre.

Oigamos La relación del caso, narrado por G. Tower en su obra: “Lo que los biógrafos de Napoleón no han dicho”.

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“Napoleón había designado al general Radet y lo ha­bía mandado a Roma para arrestar al Papa, pero el general Miollis no se lo comunicó sino el 4 de julio.

Disgustó esta orden al general Radet como lo dijo en una carta de 1814 y quiso negarse y aún en la noche del asalto, hizo algunas observaciones sobre la orden de arresto, pero el general Miollis no la tuvo en cuenta y el general Radet se vio obligado a marchar sobre el Quirina1. En el palacio no encontró resistencia porque el Papa no había dado orden ninguna para ello, “queriendo escoger a Dios por su único defensor”, aunque, por lo demás hubiera sido inútil la resistencia armada, porque hacia tiempo que los franceses habían desarmado las milicias pontificias de alguna importancia, y por eso los soldados franceses destrozaron sin necesidad las puertas con hachas y con las cu­latas de los fusiles rompieron los vidrios de las ventanas.

El Cardenal Pacca acababa de acostarse para descansar algunas horas, cuando su sobrino entró a decirle que los franceses estaban en el palacio y asomándose a la ventana pudo convencerse de que era cierta la noticia, y se la confirmó el ruido que hacían los soldados que rompían puertas y ventanas. Así como estaba en su ropa de dormir, corrió inmediatamente a despertar al Papa para informarlo de lo que estaba sucediendo. El Papa se levantó con toda tranqui­lidad, se echó sobre los hombros un manto de púrpura y se aprestó .a dirigirse a la sala de recibo, que fue donde el cria­do que había sido despedido condujo al general Radet.

El cual, cuando se vio frente al Papa, se sintió tur­bado y, como él mismo escribe: “un respeto sagrado invadió todo mi ser y todas mis fuerzas. Cuando me vi al frente de una escuadra armada delante de aquel santo varón, sen­tí un temblor deprimente que me corría por todo el cuerpo. No estaba preparado y no sabía cómo librarme de aquello. Qué hacer? ¿Qué decir? ¿Por dónde empezar? En verdad que era difícil el cumplimento de mi encargo”.

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-“¿Qué queréis?”, le dijo el Papa, dirigiéndole una mi­rada llena de majestad.

-“Santísamo Padre, -respondió el Gral. Radet- en nombre de mi gobierno os ruego que abdiquéis oficialmente vuestra soberanía temporal, porque si Vuestra Santidad se niega a ello, tengo órdenes de llevarlo a la presencia del Ge­neral Miollis”.

A lo que respondió el Papa, sin mostrar la menor señal de turbación:

-Señor General, vos creis que estáis obligado a obede­cer las órdenes de vuestro Emperador, porque le habéis jurado fidelidad y obediencia. Considerad cuanto más debemos defender los derechos de la Santa Sede, Nos, que estamos ligados con tantos juramentos. Nuestros dominios tempora­les son de la Iglesia y Nos no somos sino administradores. El Emperador podrá hacernos pedazos pero no logrará de Nos la abdicación.

El Gral. Radet, siempre turbado, añadió:

-“Santísimo Padre, yo sé que el Emperador está muy obligado a vuestra Santidad”,

-“Sí, -respondió el Papa- y más de lo que sabéis.

Pero, en suma, qué órdenes tenéis?”

-“Santísimo Padre, -respondió Radet- es muy doloroso   mi encargo, pero puesto que vuestra Santidad lo ha decidido así, debo decirle que tengo órdenes de llevarlo conmigo”,

Preguntó el Papa que si debía ir solo y como el Gral.

Radet le respondiera que podía llevar consigo al Cardenal Pacca, éste se apresuró a preguntarle si podía tener el honor de acompañarlo, en lo que consintió el Papa.

Después de esto pidió el Papa dos horas para prepararse, pero el General le respondió que no estaba autorizado para concederlas y habiendo mandado un oficial a consultar el caso con el General Miollis, éste respondió que “el Papa y el Cardenal debían salir inmediatamente”. Con lo que Radet le negó el Papa el tiempo necesario para sacar algo de ropa y un poco de dinero. (1).

Napoleón había consumado el atentado, había llegado al extremo insólito, ultrajando en forma brutal al mismo Vicario de Cristo en la tierra. Pronto llegaría el día de la venganza, porque en Napoleón nada de cuanto hizo en ofensa de la Iglesia quedó sin el justo castigo que tuvo que pagar en vida.

Napoleón puso su orgullo, su despotismo, sus ínfulas de poderío ambicioso, su audacia insólita al atentar contra el Santo Padre… Pero Dios dispuso el pago de todo eso en la deserción de sus ejércitos, en el ofuscamiento de su gloria, en las humillaciones sin cuento que sufrió de parte de sus más allegados servidores, y su destierro final a la Isla de Santa Elena.

Hemos visto una grave lección de historia, pero he­mos visto también, al mismo tiempo, las gracias especiales con que Dios regalaba a su Sierva Magdalena de la Encarnación, y cómo esta Santa Fundadora vivía en contacto directo con la Sagrada Eucaristía de quien recibía luces, en

( 1 ) Cfr. Lo que los biógrafos de Napoleón no han dicho. Guiller­mo Tower.  Traducción del Cngo. Jesús García Gutiérrez. ~ Edición de la Pía Sociedad de San Pablo.

los: trances más difíciles de su obra, así como avisos muy señalados en relación con la Iglesia y sus Altos Jefes.

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