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Bodas de Plata

         Un aniversario, cualquiera que sea, tiene la particularidad de hacemos sentir en una fecha, todo lo que se encierra dentro del lapso más largo o más corto que se recuerda y veinticinco años en la vida de una religiosa significan en sí, todo un poema de finezas por parte de Dios para su criatura, así como de correspondencia y perseverancia por parte de aquella alma elegida.

Lo que la Madre María de San José llevaba a Jesús después de veinticinco años de adoratriz, es cosa que no podremos decir; el encuentro de aquel jubileo tendría que ser con todo, el abrazo estrecho de una alma que quiso poner sobre todas las cosas el amor puro, generoso y fiel a su Amado, y esto a costa de todas las renunciaciones, a costa de todos los dolores, a costa de todas las debilidades.

Lo que Jesús dio a la Madre como regalo de bodas, tampoco podríamos adivinarlo, por más que pensemos que la pena inmensa del fallecimiento de su padre a escasos ocho días de la fecha del jubileo, haya sido el sello de dolor con que había sido distinguida la vida de la Madre. Si una trama de diversos; sufrimientos había sido el signo del amor divino para su elegida, un sufrimiento de mayor magnitud tendría que rubricar el abrazo supremo de Jesús para con aquella alma.

Que un dolor trae un gozo y una pérdida una ganancia, son expresiones vulgares del pueblo que poco valen ante el misterio delicadísimo de los sentimientos encontrados que conmovieron el corazón de la Madre María de San José, al unir el dolor del fallecimíento de su padre, al gozo de su Jubileo.

Pero esto que podría parecer cosa ordinaria en cual­quiera de los mortales puesto en semejante encrucijada, to­ma en el caso de la Madre un sentido más alto, el sentido sobrenatural de quien entrega a Dios todas sus cosas.

Por lo pronto, podemos asegurar que no hubo choque de sentimientos en su alma. Una alegría y un dolor, la alegría más grande que puede presentarse en la vida de una religiosa, y también el dolor más agudo, no tuvieron ningún encuentro de violencia dentro de su alma que, precisamente por su alta espiritualidad y abandono amoroso en los bra­zos de Dios, amalgamó una cosa con la otra, y lo recibió todo en la resignación gozosa con que los grandes santos estiman todo lo que ha llegado de las manos divinas.

Con gusto inusitado ansiaba la celebración de sus Bo­das de Plata que esperaba fueran en su vida espiritual el principio de un estrechamiento más íntimo a la vida divina. En esta forma preparó los recordatorios que con anticipa­ción estuvo enviando a las personas de su amistad.

En sus recordatorios aprovecha una frase de Santa Te­resita como epígrafe inicial; dice: “Porque era débil y pe­queña, el Señor se rebajó hasta mí, instruyéndome suavemente en los secretos de su amor”, Y más abajo: “Hace veinticinco años juré a Dios el ser su esposa por medio de mi Profesión Religiosa. El me ha ayudado a ser fiel a mi promesa y se la renuevo en este mi dichoso Jubileo. Llena de gozo os consagro este recuerdo. Alabad conmigo al Señor.  Ma. de San José (Servín) A. P.  Enero 21 de 1946. -Monasterio de la Adoración Perpetua. – Casa de San José, en Culiacán, Sin”.

Las madrinas de su Jubileo, Ma. Alejandra Bátiz, y Elena Aguirre Sais, también obsequiaron hermosos recorda­torios según los cuales, “Regocijada en Ti, conmemora hoy su vigésimo quinto aniversario de Profesión Religiosa la Reverenda Madre Vicaria Ma. de San José (Servín) Ado­ratriz Perpetua del Santísimo Sacramento”.

Las felicitaciones por este motivo, comenzaron a llegar mucho antes de la fecha indicada. Parece que la primera de ellas, corresponde al Excmo. Sr. Corona quien, con fecha 26 de diciembre de 1945, le dice: “Mucho me gustaría estar acompañándote en la celebración de tu Jubileo de Religiosa; pero me es imposible, tanto por el larguísimo viaje que es ir hasta Sinaloa, como porque no puedo faltar a muchas de mis ocupaciones fijas que tengo que desempeñar personalmente, por no tener ningún sacerdote que me substituya en la escasez de sacerdotes que hay en mi pobre Diócesis.

Preciosos están los recuerdos de tu jubileo que te serviste mandarme y mucho te los agradezco. Cuando el Dulcísimo Jesús te concedió la inmensa gracia de la vocación, te concedió con ella tal cúmulo de gracias muy especiales y de mucha predilección que ni tú misma puedes enumerar ni com­prender. Cuando estés en el cielo, te vas a dar cuenta de mu­chas cosas de que no te puedes dar en la vida; pero aún vistas las cosas como en enigma son ya motivo para que le des gra­cias con todo tu corazón al bien amado y le ofrezcas coope­rar con esas gracias para realizar tu santificación. Debes hacerte santa, -pronto santa- y grande santa”.

Ya para esta fecha tenía noticias de la gravedad en que se encontraba su papá, y aunque sabía que se temía un des­enlace doloroso, conservaba la íntima ilusión de que N. S. se lo conservaría más tiempo, y de que podría saber que su pa­dre se unía a ella en la alegría de su jubileo. Las noticias se sucedían una tras de otra a cual más desconsoladora. Pero la Madre persistía en aquella ciega confianza en Dios, sin que esto quiera significar que se opusiera en lo más mínimo a sus designios. Todo se lo había entregado a El, el amor a El era su única preocupación, pero esta misma intimidad le hacía pensar que Jesús le daría el gusto de celebrar su fiesta contando con la presencia de sus padres.

Dios la quería señalar en forma aún más destacada. El dolor sublima. Las penas enviadas a sus elegidos, son signo de especial predilección. Para quien tanto había sufrido a lo largo de su obra de santificación, no podría haber regalo más significativo.

Un telegrama rudamente lacónico, fechado el 9 de Enero en Guadalajara, vino a despertarla de su piadosa esperan­za: “A las cinco y media descansa en paz papá; encomen­démoslo oraciones demás bien” .-Manuel Servín”. Qué ha­ya sentido la Madre María de San José ante este golpe, no por esperado menos doloroso, es fácil deducirlo si tomamos en cuenta el afecto profundo que conservó siempre para sus familiares, y en forma señalada para sus padres. Pero tam­bién, debemos pensar en el espíritu sobrenatural que dominó toda sensibilería inútil entregando al Señor el dolor tan vivo que aquella noticia le producía.

A partir de este acontecimiento, la celebración de sus Bodas tomarán el tinte de dolor y de gusto. De gusto sobre­natural en la celebración de una fecha tan esperada, y de dolor resignado ante los designios de Dios que en esta for­ma quiso señalarla.

En relación Con este doble suceso, hay numerosas car­tas cuya elocuencia hace inútil toda otra ponderación por nuestra parte. Transcribiremos aquellos párrafos que nos parecieron más interesantes.

Las Madres del Primer Monasterio de Guadalajara le escriben: Felicitamos con todo cariño a la Rvda. Madre Ma. de San José en sus Bodas de Plata y pedimos a Nuestro Señor que en ese solemne día la llene de sus especiales gracias. No mencionan en nada la muerte de su papá, hecho que ignoraban aún con toda seguridad.

El P. Manuel de Jesús Ahumada, le escribe desde Au~ tIán: Ayer recibí carta de la Madre Teresa y me da la no­ticia de la muerte de su papá, precisamente acaecida cuando su S. R. se estaba preparando para la celebración de sus Bo­das de Plata. Así es Nuestro Señor; como El se complace más en las almas que ama en el sacrificio que en el gozo, quiso que S. R. tuviera esa grande oblación que ofrecerIe en los días de su Jubileo…

Un señor J. J. Muñoz de Puebla, termina su carta de esta manera… Reanimemos nuestra confianza; si posible redoblemos nuestras oraciones y sacrificios por los nuestros, ya que nos queda menos tiempo y como te dije, hay mucho trabajo, pero tengo la firme esperanza de que todos, sin excepción, caerán en e! horno ardiente del Corazón Divino de Jesús. Dejemos mientras tanto que el Divino Pastor salga por quien quiera y regrese cuando quiera …

De la Comunidad de Ejutla, dos cartas se suceden…

La primera: Con cuánto gusto envío a S. R. en el solemne jubileo de sus Bodas de Plata de Profesión Religiosa, mi más cariñosa felicitación deseando que su Divino Esposo la ten­ga íntimamente unida a su amantísimo Corazón… Cuántos recuerdos de aquel feliz día en que se consagró a su Dios con todo el fervor de su alma ofreciéndole el sacrificio de su voluntad, de su corazón y de todo su ser y recibiendo en cambio el don de su amor. Cuántas gracias recibidas en es­tos 25 años, cuántas ilustraciones y ternuras divinas de ese amante Corazón que no se deja vencer en generosidad, y cuántos esfuerzos de parte del alma para corresponder fiel­mente a tan continuos beneficios de singular predilección…

La segunda carta proveniente de Ejutla firmada, como la primera por Sor María del Socorro del D. N. de Jesús, A. P., dice… Esta no lleva otro objeto que manifestar a V. R. mi más sincera condolencia por la muer­te de su querido papacito a quien he sentido mucho y por quien, Con grande empeño estoy ofreciendo un novenario de sufragios. También la Comunidad siente mucho la pérdida del Sr. D. Luis, encomendándole a N. S. y esperando de su infinita misericordia esté ya gozando en el cielo el premio de sus virtudes, en especial la de su ardiente caridad para con los pobres. En esta carta corno en la otra, menciona las condolencias especiales de la Madre Teresa y la Madre Vicaria de Ejutla, así como de Ma. del Carmen Negrete.

Por la brevedad del presente capítulo omitiremos muchas otras condolencias y felicitaciones, entre ellas la de la Madre Teresa de Jesús Sacramentado, de Ejutla; la de la Madre Matilde del S. C. de Jesús, de Zamora; la del Excmo. Sr. Corona, Obispo de Papantla; de Ma. de la Luz Servín; del Sr. Pbro. E. Verdugo Fálquez; de la Madre María Angélica, de México; del Sr. Pbro. Feliciano Leal, de las Re1igiosas Siervas de los Pobres, de Culiacán, y otras muchas.

Pero no nos resistimos a terminar éste que había de ser un capítulo de alegría en la celebración largamente esperada, con una carta de su mamá, en la cual palpita el inmenso dolor que aquel fallecimiento significó en la señora; dice así: La presente va con el objeto de saludarlas y en seguida informar cómo están, pues pasa el tiempo y se me hace que ya son años sin saber cómo están; yo me figuro que has de estar enferma y que también la Madre San José se ha pues­to mal, (1). Ya tú ves que se pone uno en el peor lugar, por eso estoy con ansia esperando saber algo de ustedes. Ay, Madre, qué vacío en esta casa; ya no hallo qué hacer; ya ves qué tarde vienen los niños del colegio. Antonio ya encontró los documentos que tanto buscamos y ya arreglaron bien todo. Yo ni más he abierto las piezas cerradas, y no se abri­rán hasta que tú vengas. Saluda con todo afecto a las muy Reverendas Madres, en particular a la Superiora y dale de mi parte mil y mil gracias por lo que han hecho por tu papá, diles que Dios les ha de pagar todo. Me han hecho el favor de darme el

(1)    ) La carta está dirigida a Sor Maria del Santísimo Sacramento, hermana de nuestra biografiada.

pésame de Méxíco, de MoreIia, de La Piedad, Lo demás sigue lo mismo gracias a Dios. Para la Madre Jo­sefina ¿qué te digo? todo lo que te diga es nada; mejor tú dile por mi tanto o mucho más de lo que yo pudiera de fe­licitaciones y parabienes y buena ventura. Me despido, de­seando estén bien, Tu madre. – Luz, (Rúbrica).

Sólo como contraefecto de esta carta entrecortada por los sentimientos opuestos de quien la escribió, pongamos pun­to final con esta graciosa carta de un chiquillo que muestra todas las señales de ser un perfecto travieso, se trata de Luis Servín, uno de los muchos sobrinos de la Madre de San José; he1a aquí con su ortografía auténtica:

Me digo mi mamá abuelita que haora te iba a escrivir y por eso quise aprovechar y escribirte estos párrafos, te he estrañado mucho y por eso estoy ansiando que bue1bas tu nos dijiste que vendrías pronto y por eso ayer lunes creía que vendrias figate que tiofila la hija de felisa todavía se queda a dormir con noso­tros, es muy vuena porque le ayuda mucho a mi mamá. Ar­turo todavía sigue un poco travieso pero se ha portado mejor y te manda saludar. Paquito mi primo ya izo su primera comunión. Arturo mi hermano tanbién quiere hacerla pron­to. horita está con el gordo el chiquillo de enfrente es su ami­go, vueno me despido de tí porque tengo que escribirle a la madre Mariquita. te quiere y espera que vengas tu sobrino Luis Servin G,

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