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Arco de Salida

Nunca es posible sentir tan cerca de nosotros el misterio de la eternidad, como cuando nos encontramos frente o la muerte,

Nos desespera la insolente inmovilidad de los cadáveres, y al revelarnos contra su impasible rigidez, alcanzamos a sospechar el misterio tremendo que ahí se inicia.

Sentimos que aquella quietud de los muertos, es para nosotros una burla tanto más dolorosa cuanto  más fina.

Pero no podemos menos que reconocer nuestra necedad, al comprender que el silencio inmóvil de los cadáveres es su grito de victoria.

Y no dejaremos de aterrarnos al entender que nuestras ansias de movimiento y lozanía, sólo son sino hiriente paradoja.

Ellos, en su inmovilidad, juguetean ya por veredas inmortales, en una fiesta de eterna primavera.

Nosotros, no somos otra cosa que cadáveres ambulantes.

Sobre nuestra cabeza está pesando el temblor de la última hora.

Ellos, los muertos, viven. Nosotros, los vivos, caminamos ahogados en el estertor de la muerte.

Ellos son un trasunto de radiante inmortalidad, nosotros somos la personificación de cuanto es efímero y deleznable.

¿Pero dónde fincan los muertos su victoria? ¿Podríamos desentrañar ese grito triunfal de los que han muerto?

Cerremos en estas últimas líneas la mal pergeñada sem­blanza de la Madre María de San José, vista en esa etapa fi­nal, que no es sino la entrada, el principio de la vida verda­dera.

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La sonrisa final... (19 de Julio de 1952)

El fin de la vida, no es sino el fin de la muerte. El arribo a la muerte, no es sino el arribo a la vida. La hora final, no es sino la hora inicial.

Y a este fin de la muerte, a este arribo a la vida, a esta hora inicial, hay que llegar cantando. No puede hacerse de otro modo.

Que los otros lloren por sí o por sus hijos. El protagonista de tan feliz epopeya, no podrá menos que ensanchar sus pul­mones en un grito triunfal.

Ese grito de victoria que se arranca de la palidez de ha­rina del rostro de un cadáver, es la mejor apología que pue­de hacerse de su vida mortal.

Ese grito final que brota de unos labios cubiertos de al­godones, es el grito de la fe, es el grito del amor, es el grito de la vida.

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           Es difícil salir con éxito de una encrucijada llena de tro­piezos, si no se lleva una luz en las manos.

Pero es cosa resuelta pasar de la muerte a la vida, cuan­do el camino se hizo bajo la guía incomparable de esa antor­cha de la fe.

Por la fe puede vivirse en la tierra la vida del cielo, con la ventaja de haber conformado nuestra pupila a la luz inde­fectible que irradia sobre los bienaventurados.

Por le: fe, el más abrupto camino, el escollo más difícil, no son sino llegada fácil, tanto más segura, cuanto más do­lorosa.

Y así, con los ojos bien abiertos y con la más completa seguridad, se ¡puede esperar la hora final -la hora inicial­- para gritar en la ebriedad del triunfo:

¡Aquí está la Luz Viva que me condujo por el camino! Es­ta es la antorcha que alumbró mi paso mortal! ¡Ahora puedo poseer lo que entonces vislumbré!

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          Pero el grito de los muertos, es también un grito de amor. y el amor a nosotros se nos da en cuanto participamos del manantial inmenso del amor divino.

Por eso la llegada a la muerte -la salida a la vida­compendia toda esa serie de lazos de amor con que Dios nos divinizó.

Es el grito de amor de la Encarnación. Dios se hace hombre, para hacer al hombre Dios.

Es el grito de amor de la Eucaristía. Dios se vuelve un pedazo de pan, para estar más cerca de nuestra naturaleza.

Es el grito terrible del Calvario. Dios sacrifica a su Hijo, y abre las puertas del cielo a los verdugos que se lo mataron y en la hora postrera -en la hora primera- no podrá menos que gritarse: ¡Venció el Amor! ¡Bendito Amor!

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         Ahí comienza la Vida. Eso es lo único que puede decirse. Porque en cuatro letras de nuestra lengua, no puede caber el torrente de amor, el océano de dicha, la inmensa felicidad de los bienaventurados.

Y no puede disimularse en el rostro lo que por dentro in­flama el corazón, ¡por eso los muertos no pueden menos que prorrumpir en un grito victorioso, en el grito de alegría, en un grito de júbilo ante la dicha insondable que se abre a sus ojos.

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      Eso es todo, se acaba una vida humana y comienza una vida divina. Se cierran los ojos de la carne y se abren los ojos del alma. El cuerpo es llevado bajo tierra, pero el espíritu es exaltado a la eterna vida.

Entonces puede vivirse la plenitud de la Fe, del Amor, de la Adoración, cara a cara frente a Aquel ante quien los ángeles tienen que cubrirse con las alas.

Este es el desenlace de una vida mortal, de la vida mor­tal de aquellos que pusieron todo su ser en creer, en amar, en adorar, a quien luego poseerían eternamente.

Este es el desenlace -lo esperamos vivamente- de la Madre María de San José que tan esclarecidas muestras de amor divino, y ejemplos de virtud tan señalada, nos ha ofrecido a lo largo de esta biografía.

Así lo esperamos al cerrar este libro con la palabra que amorosamente repetía la Madre y en la cual se resume su actitud de entrega total en Dios: FIAT.

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One comment

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